Al salir de la cueva, Dabei y Duozhi sintieron de inmediato una luz cegadora que les impedía abrir los ojos. Apenas dieron unos pasos cuando se dieron cuenta de que ambos estaban envueltos en una blancura deslumbrante, sin poder distinguir ninguna dirección. De repente, Duozhi dijo:
«Dabei, siento dificultad para respirar. Quiero sentarme, tengo todo el cuerpo sin fuerzas, no tengo sueño pero no me queda energía. Es como si mi respiración se hubiera detenido, como si el qi y la sangre de todo mi cuerpo hubieran dejado de circular.» Antes de terminar de hablar, Duozhi ya se había sentado en el suelo y cruzado las piernas. Dabei también sintió cierta dificultad para respirar. Pero entonces descubrió que la perla Mani en su interior comenzaba a girar a gran velocidad, irradiando sin cesar destellos de luz de todos los colores, como si estuviera llena de vitalidad y vida. La luz a su alrededor se transformó en una corriente de energía en forma de espiral que era absorbida por la perla Mani desde la coronilla y el pecho. Dabei sintió que su respiración se detenía, que su cuerpo se volvía cálido y ligero, que dejaba de percibir la existencia de su propio cuerpo. El espejo celestial del ojo divino en su mente también comenzó a activarse, lanzando repetidamente destellos de luz brillante, absorbiendo hacia el espejo, con cada parpadeo, la luz exterior. La luz que emanaba del espejo era muy fresca y serena. Dabei solo podía observar todo aquello con calma, mientras su cuerpo parecía haber sido inmovilizado por algún encantamiento, de pie sin poder moverse. Quería liberarse de esa parálisis, pero ni siquiera podía generar el pensamiento de la urgencia. Sentía que tanto su corazón como su mente habían desaparecido, que no encontraba el lugar desde donde surgían los pensamientos. Todo su ser se hallaba en un estado de vacío etéreo e ilusorio. La perla Mani y el espejo del ojo celestial parecían absorber sin cesar energía de aquella luz. La velocidad de rotación de la perla se hacía cada vez mayor, hasta que de pronto se detuvo en seco. Dabei sintió que todo se había congelado. Solo existía un Dabei etéreo que no sabía dónde residía: sin respiración, sin pensamientos que surgir, sin nacimiento ni muerte. Todo se había convertido en una luz silenciosa y quieta, morando con alegría en el vacío del espacio.
De repente, con un estallido, la perla Mani irradió una luz de diez mil zhang de altura, miles de millones de veces más intensa que la cegadora luz blanca que la rodeaba. En el instante en que aquella luz fulgurante destelló, Dabei perdió la conciencia, devorada por esa luminosidad.