A los veintitrés años completé las cuatro etapas que una mujer corriente debe recorrer en la vida: estudiar, trabajar, casarse y dar a luz. Mi vida transcurría apacible y serena. Cuando mi hijo tenía diez meses —recuerdo que era la víspera del Festival del Medio Otoño— compré varios paquetes de incienso de sándalo y un poco de fruta para llevarles a mis padres. Mis padres y mis antepasados eran budistas; en la generación de mis padres ya solo quedaba en casa una figura de porcelana de la bodhisattva Guanyin. Toda su práctica budista se reducía a poner fruta ante la imagen de Guanyin y encender una varita de incienso los días uno y quince de cada mes, por reverencia, y a comer vegetariano la mayor parte del tiempo; nada más. Por eso, en aquella época mi conocimiento del budismo se limitaba a las figuras de Buda, los templos, los monjes y la dieta vegetariana. Entonces, aunque mi hijo ya tenía más de diez meses, como no me había cuidado bien durante el mes posterior al parto, mi salud estaba muy deteriorada. De mi casa a la de mi madre solo había quince minutos de camino y, sin embargo, andaba con la cabeza pesada y los pies ligeros, como si pisara algodón. Caminando así, de pronto mi pie pisó un libro hecho trizas y, como empujada por una fuerza invisible, me agaché y lo recogí. No tenía tapas ni al principio ni al final. Al hojearlo sin prestar atención, cuatro versos saltaron a mis ojos: «Originariamente vine a esta tierra a transmitir el Dharma y librar a los seres de la confusión; una flor abre cinco pétalos y el fruto se forma por sí solo». Al verlos, me sobresalté por dentro y, en ese mismo instante, un trueno retumbó en el cielo; del susto me tembló la mano y el libro cayó al suelo… Aturdida por un momento, de pronto volví en mí; alcé la vista hacia el cielo despejado, volví a recoger el libro y releí una y otra vez aquellos cuatro versos, sin entender qué significaban ni de dónde había salido aquel trueno. Por más que lo pensaba, no encontraba explicación; miré el libro sucio y destrozado que tenía entre las manos, sin comprender por qué lo había recogido, y me apresuré a tirarlo a la basura.
Tiempo después de aquel suceso, un día fui a casa de mi hermano menor y, de casualidad, salió el tema en la conversación. Resultaba extraño que aquellas cuatro frases estuvieran grabadas en mi mente como con un cuchillo. Mi hermano lo pensó un momento y dijo: «Es un gatha que escribió el Patriarca Bodhidharma. Yo tampoco entiendo por qué sientes tanta afinidad con este gatha; quizá tu vínculo con el budismo sea muy profundo. Estos días he comprado algunos libros budistas; puedes llevártelos y echarles un vistazo». A continuación sacó Cómo practicar y verificar el Dharma y Qué dice el Sutra del Diamante, de Nan Huai-Chin. No sentí gran interés, pero aun así decidí llevármelos y hojearlos. Terminé los libros en poco tiempo, aunque los entendí a medias. Los koanes del budismo chan y las historias budistas que contenían los leí con mucha atención y me resultaron muy interesantes.
Un día, cuando la criatura se quedó dormida, me entró la curiosidad por probar la meditación sentada y, siguiendo algunas de las instrucciones del libro, me senté a intentarlo. No esperaba que aquella sesión, a partir de ese mismo momento, cambiara para siempre la meta de mi vida y mi forma de vivir.