2. Abrir el corazón para resolver los conflictos familiares

Si en tu práctica espiritual tu esposa o tu esposo también practica, es que tus méritos y tu buena fortuna han hecho madurar las condiciones favorables de tu práctica, y la resistencia a tu práctica será mucho menor. Pero la mayoría de los practicantes laicos encontrarán la oposición y el bloqueo de sus familiares. Por eso, en la práctica del Dharma no debemos aferrarnos en exceso a las formas externas, sino partir del surgimiento de nuestros pensamientos e intenciones para ser tolerantes y comprensivos con la familia. Como apenas comenzamos a practicar, nuestros hábitos todavía son muy pesados y, encima, estamos aferrados a la práctica, de modo que sin duda perjudicaremos los intereses de la familia. Por ejemplo, el esposo o la esposa, a causa de tu práctica, tendrá que sacrificarse mucho por la casa y por los hijos. Por muy justificadas que parezcan nuestras razones, nuestra conducta es extremadamente egoísta. Por eso debes aprender a soportar los reproches de quienes te rodean y, sin que ello afecte a tu práctica, entregar el doble de tu amor para cuidar a la otra persona y a quienes te rodean. No temas que quienes no practican piensen que estás tratando de compensar tus faltas con obras; deja que encuentren un cierto equilibrio interior. En realidad, mientras haces todo esto también acumulas méritos y también estás cultivando el Dharma.

Por ejemplo: en mi práctica espiritual de años anteriores me topé con la resistencia de mi marido y de su familia. El maestro me señaló dos cosas: (1) cuando los demás te critiquen, guarda el precepto de la paciencia, no discutas quién tiene razón y considera que es algo que debes soportar; (2) debes amar a los demás sin resentimiento ni arrepentimiento. Me beneficié muchísimo de ello. En realidad, nunca hemos amado de verdad a nadie sin resentimiento ni arrepentimiento. Cuando intenté llevar a cabo el segundo punto, descubrí cuánto resentimiento guardaba hacia mi marido: le reprochaba que no me comprendiera, que llegara tarde a casa, que no se preocupara por mí, que hablara de manera inapropiada, que no tuviera tiempo para acompañarme, que hubiera puesto su afecto en otra persona… Había muchísimas cosas por las que le había guardado rencor. Desde entonces, hiciera lo que hiciera mi marido, yo me limitaba a observarlo en silencio; en cuanto brotaba en mi corazón un pensamiento de rencor, recordaba que le había prometido al maestro no reprocharle jamás nada de lo que hiciera. Al principio, cuando dejaba de reprocharle, por fuera estaba serena, pero por dentro era como si me hubieran clavado en una cruz, con un dolor que no podía expresar. Pero siempre recordé aquella frase del maestro: sin resentimiento ni arrepentimiento.

Con el paso del tiempo descubrí que, con tal de no reprochar nada al otro, no me arrepentía de mis propias decisiones. ¡Esas cuatro palabras son extraordinarias! A partir de la ausencia de rencor hacia mi marido, empecé a no guardar rencor hacia todas las personas que me rodeaban, y mi corazón se fue volviendo cada vez más amplio y generoso. Pasé de la resignación a la tolerancia. Por fin, un día, mi marido se me apareció de pronto impecable a mis ojos, y todas las personas de mi alrededor empezaron a parecerme perfectas: a mis ojos eran tan entrañables… todos eran budas y bodhisattvas. En un instante experimenté la sensación del amor universal: ese amor llenaba mi corazón y no disminuía ni un ápice por nadie; solo que, hacia el marido, los hijos, los padres y los amigos, se manifestaba de maneras distintas. Ese amor era tan perfecto y eterno; es una cualidad que ni aumenta ni disminuye, ni se mancha ni se purifica. La plenitud de mi mente en aquel instante me hizo por fin disfrutar de un amor eterno, un amor que procede de nosotros mismos y que es capaz de procurarnos la mayor y más definitiva satisfacción. El maestro me dijo: lo que has experimentado es el amor universal, es decir, la gran bondad amorosa y la gran compasión; es la cualidad primera y última de todo ser. Todos los deseos interminables de los seres vivos no buscan otra cosa que este amor, ¡solo anhelan este amor! Y solo este amor puede satisfacer por completo a todos los seres.

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