El camino de las estrellas — 5. Entrar en el reino ilusorio de la luz

Apenas habían salido de la boca de la cueva, Dabei y Duozhi sintieron una luz cegadora que les impedía abrir los ojos. Solo dieron unos pasos y descubrieron que ambos estaban inmersos en una luz blanca deslumbrante, sin poder orientarse en absoluto. Duozhi dijo de pronto:

— Dabei, me cuesta respirar. Quiero sentarme; tengo el cuerpo completamente flojo: no tengo sueño, pero no tengo fuerzas. Siento como si mi respiración se hubiera detenido y como si la sangre y la energía de todo mi cuerpo ya no circularan —. Antes de que terminara de hablar, Duozhi ya se había sentado en el suelo y había cruzado las piernas. Dabei también sintió que le costaba respirar, pero descubrió que la perla Mani demoníaca de su interior giraba a gran velocidad y no dejaba de irradiar luces de todos los colores, rebosante de vida y vitalidad. La luz que la rodeaba se convirtió en una corriente de energía en forma de remolino que la perla Mani absorbía desde la coronilla y el pecho. Dabei sintió que su respiración se detenía; su cuerpo se volvió tibio, muy ligero, y dejó de sentir su propia existencia. El espejo divino del ojo celestial de su mente también empezó a activarse: emitía una y otra vez una luz deslumbrante y, con destellos, absorbía hacia el espejo la luz exterior. La luz que emanaba del espejo era muy fresca. Dabei solo podía observar todo aquello con serenidad, pero su cuerpo parecía preso de un conjuro paralizante: permanecía de pie sin poder moverse. Pensó que no podía quedarse atrapada de aquella manera, pero ni siquiera lograba concebir el pensamiento de la impaciencia; solo sentía que el corazón y la mente habían desaparecido y no encontraba el lugar del que pudieran surgir los pensamientos. Todo su cuerpo estaba sumido en un reino ilusorio etéreo. La perla Mani y el espejo divino del ojo celestial parecían recargar sin cesar su energía con aquella luz, y la perla giraba cada vez más deprisa. De pronto la perla Mani se detuvo en seco, y Dabei sintió que todo quedaba congelado: solo existía un Dabei etéreo que no sabía dónde se hallaba, sin respiración, sin pensamientos que surgieran, sin nacimiento ni muerte. Todo se había convertido en una luz silenciosa que habitaba dichosa en el aire.

De pronto, con un estruendo, la perla Mani estalló en una luz de diez mil zhang, decenas de millones de veces más intensa que la cegadora luz blanca circundante. En el instante en que brilló, Dabei perdió el conocimiento y fue devorada por esa luz.

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