La primera vez que me senté a meditar, lo hice en posición de medio loto, con las manos colocadas con toda despreocupación sobre las rodillas y el ánimo de quien juega. A los pocos segundos de cerrar los ojos, mi cuerpo y mi mente se quedaron de pronto en un vacío luminoso, y ante mí fueron apareciendo imágenes maravillosas una tras otra: montañas, ríos y paisajes de una belleza exquisita. Un pavo real desplegaba su cola ante mí, y una serpiente se deslizaba dócilmente a mis pies. En ese momento, de pronto sonó en mis oídos el estruendo de las olas del mar golpeando la costa; aquel sonido de la marea, cada vez más nítido, iba mezclado con el aullido del viento y con voces que pedían auxilio… De repente me vi sentada en una isla, sobre una roca alta, y dejé caer una flor de loto al mar. En la superficie del mar, un barco de madera estaba a punto de volcarse por el viento y las olas; la flor de loto flotó hasta el barco y sostuvo su fondo, y en un abrir y cerrar de ojos el mar volvió a quedar en calma…
Salí de repente de aquel estado; al abrir los ojos, vi que el niño que estaba a mi lado se había hecho pis y lloraba. Me puse a cambiarle el pañal y, al mirar el reloj, vi que casi eran las doce: mi marido volvía a casa a comer y yo todavía tenía que lavar las verduras. Entre que consolaba al niño y preparaba la comida, no tuve tiempo de pensar en las visiones de la meditación. A la tarde siguiente, el niño volvió a dormirse y yo me quedé tumbada medio adormilada. De pronto recordé lo que había visto el día anterior al meditar y me sentí muy complacida: ¡así que meditar era tan divertido! Con los ojos cerrados se veían imágenes tan hermosas, como en un sueño, e incluso había sonidos e historias (solo más tarde supe que no todo el mundo tiene visiones al meditar). Al recordarlo, volvió a despertarse en mí el ánimo juguetón: hoy me sentaré otra vez a ver qué puedo ver. Así que me levanté de inmediato y me senté en la cama igual que el día anterior.
Esta vez la experiencia me alegró todavía más: a los pocos minutos me vi sentada entre las nubes, sobre un asiento de loto, y me habían crecido mil manos y mil ojos. Luego mi aspecto no dejaba de cambiar: poco después tenía cuatro brazos, me salió otra cabeza sobre la cabeza y también me brotaron cabezas de los hombros. Entre las nubes vi a muchos monjes vestidos con kasayas y oí, no sé desde dónde, invocaciones al Buda y golpes de pez de madera; el paisaje ante mí no dejaba de cambiar, tan hermoso que no sabía cómo expresarlo… Justo cuando lo contemplaba con gran alegría, un llanto me sobresaltó de pronto: era el niño de mi lado, que se había despertado. Miré el reloj y vi que llevaba más de dos horas sentada, ¡aunque yo creía que solo habían pasado diez y pico minutos!
Después de calmar al niño, volví a ponerme con la cena. El placer de la segunda meditación me dejó con ganas de más, y además notaba que tras estos dos días de meditar estaba mucho más despejada; ¡se notaba a las claras que tenía la mente lúcida y el espíritu fresco!
Antes de seguir, quiero presentar brevemente la situación de mi familia en aquella época. Mi marido era agente de tráfico. Su padre había muerto cuando él era pequeño y su familia era pobre; su madre, tras ahorrar hasta de su propia comida para costearle la universidad, ya no podía ofrecerle ninguna ayuda en la vida. Aunque él había empezado a trabajar unos años antes que yo, cuando nos casamos nuestra nueva casa no era más que la habitación de soltero de su unidad de trabajo, y la boda nos costó apenas unos miles de yuanes. Después de acabar el bachillerato, estudié pintura china en una escuela de bellas artes de Hebei y luego entré a trabajar en la librería Xinhua de la ciudad. Llevaba poco más de un año trabajando cuando me quedé embarazada y pedí una baja por enfermedad, cobrando solo el sesenta por ciento del sueldo. Mi marido estaba muy ocupado: aparte de volver a casa a comer al mediodía y por la noche y de ayudar en algunas tareas domésticas, desde que tuvimos al niño apenas teníamos tiempo para conversar. Con el niño, nuestra economía se volvió muy justa.
Tras dar a luz, mi salud quedó muy deteriorada: la pelvitis y la colecistitis se me declaraban con frecuencia, y además me dolían todos los huesos del cuerpo; algunas noches me dolía tanto que me daban ganas de llorar. Aparte de volcar todas mis fuerzas en las tareas domésticas, solo sentía cansancio, sueño y ganas de dormir un poco más. Tras pasar tanto tiempo en casa, los amigos y yo dejamos de tratarnos; así, el tiempo fue pasando poco a poco, y los días transcurrían apacibles: no me aburría, pero tampoco me sentía ni triste ni alegre. En aquella época no tenía fuerzas ni tiempo para pensar en nada: el sueño que una vez tuve de ser pintora y poeta se lo habían llevado el aceite, la sal, la salsa de soja, el vinagre y los pañales del niño. De vez en cuando sí notaba cierta monotonía; en mi diario de entonces comparaba la vida con un vaso de agua hervida sin sabor.
La alegría y la curiosidad que me daba ver crecer a mi hijo ya no me llenaban; poco a poco empecé a desear más de la vida y ansiaba que ocurriera algo en ella. Fue justo con ese ánimo cuando estas dos experiencias de meditación me hicieron tan feliz. Meditar era algo tan maravilloso que de golpe llenó todos los vacíos de mi vida. Quería sentarme a meditar casi todos los días, en cuanto tuviera un momento; incluso dejaba de lado muchas tareas domésticas para sacar tiempo, y entonces no relacionaba en absoluto aquella conducta con la práctica espiritual: sencillamente, me gustaba sentarme.
Los días pasaban volando; en un abrir y cerrar de ojos habían pasado varios meses, y cada vez me interesaba más por la meditación, porque cada vez que meditaba surgían visiones, todas tan hermosas y prodigiosas que parecía vivir dentro de un mito. Además, mi cuerpo mejoraba día a día: la tez se me puso sonrosada, los huesos dejaron de dolerme, dormía menos y tenía mucha más vitalidad… Así estuvimos varios meses, hasta que una tarde, en cuanto el niño se durmió, como de costumbre me senté de inmediato. A los pocos minutos sentí que de pronto me desvanecía, y entonces oí una voz que llegaba desde el aire: «Eres la octogésima reencarnación de fulano; tu misión es propagar el Dharma y liberar a todos los seres; tus calamidades aún no se han agotado, pero en cinco años podrás trascender…» —¿Quién eres? —pregunté. —Jajajá… Tras aquella carcajada franca, cayó ante mí una tablilla de más de dos metros de alto, resplandeciente como el oro. Creo que lo que había escrito en ella era sánscrito, pero allí donde posaba la vista, el sánscrito se convertía solo en caracteres chinos: registraba mi nombre, mi fecha de nacimiento y algunas de las cosas que había de vivir en esta vida. Luego la tablilla desapareció y, como quien ve una película, contemplé todo el proceso de mi reencarnación impulsada por el karma. Cuando terminé, salí del samadhi. Mi ánimo entonces era el de quien despierta de un sueño: me parecía haber comprendido muchas cosas, pero al mirar al niño y el hogar que tenía delante parecía no entender nada; aun así, por dentro estaba muy emocionada: me parecía haber encontrado algo que no sabía explicar, justo aquello que en el fondo de mi corazón había anhelado o buscado durante más de veinte años.
Al día siguiente vinieron amigos a verme durante todo el día y no tuve tiempo de meditar. Hacia las doce y pico de la noche, cuando el niño y mi marido ya dormían, aunque estaba rendida y con el cuerpo molido, no pude contener el impulso interior. En aquella época, meditar se había convertido en algo que debía hacer cada día; como lavarse la cara y cepillarse los dientes, era un hábito de mi vida: si pasaba un día sin sentarme, me sentía muy mal de cuerpo y de mente. Así que me levanté y me puse a meditar. Para entonces ya podía contemplar con serenidad las visiones que surgían en la meditación, sin aquella curiosidad y excitación del principio que me hacían jugar dentro de las visiones sin querer salir. Tras meditar diez y pico minutos entré en samadhi y, de pronto, apareció ante mí un sutra budista enorme. El sutra pasó las páginas rápidamente hasta una de la mitad, y una línea del texto se destacó en primer plano y se volvió roja, muy llamativa entre los caracteres negros: eran cuatro caracteres, «Observar la mente es el Buda».
Los cuatro caracteres permanecieron un rato ante mí y luego el sutra desapareció. Me encontré entrando en un valle donde cantaban los pájaros y olían las flores; un sendero sinuoso se adentraba en lo más profundo del valle. A la entrada del sendero estaba sentado un monje joven, que golpeaba un pez de madera mientras recitaba sutras. Me acerqué, le hice una reverencia y le pregunté de inmediato: —Maestro, ¿qué significa «observar la mente es el Buda»? —Parecía haberme explicado muchas cosas, pero cuanto más lo escuchaba, más confusa me sentía, sin llegar a comprenderlo. Entonces guardó el pez de madera, se levantó y dijo: —Sígueme. —Lo seguí hacia el interior del valle hasta que se detuvo bajo un acantilado escarpado. Juntó las palmas de las manos y, con gran reverencia, dijo hacia el acantilado: —Maestro, la he traído. —Y se marchó directamente, dejándome allí plantada. En ese momento, del risco llegó una voz: —Hija, te esperaba desde hace mucho tiempo. —Volví la mirada hacia la voz y vi que en lo alto del acantilado estaba de pie un monje anciano. Era corpulento y de elevada estatura, vestía una túnica gris de religioso y llevaba al cuello un rosario enorme de sándalo. No entendía cómo me había plantado de pronto delante de él. Su rostro era bondadoso y su tono, sereno, y al instante sentí hacia él una sensación de confianza, cercanía y dependencia.
Empezó a explicarme el sentido de «observar la mente es el Buda». Aunque no recuerdo sus palabras exactas, en el samadhi me pareció comprender que nuestra comunicación no era sino una especie de transmisión mental: en cuanto él decía una frase, yo entendía al momento todo lo que quería expresar, y aquellas cosas no podían explicarse con una sola frase. Dijo que era mi maestro y que, a partir del día siguiente, me transmitiría su método: «Las ocho secciones del Gran Método de la Luz». Me alegré mucho al oírlo. Le pregunté cómo se llamaba y quién era. Sonrió y dijo: —No hace falta que sepas mi nombre; llámame simplemente el Anciano de Tianzhu. —Aquel día me llevó a recorrer las montañas y las aguas de aquel lugar y me habló de muchas enseñanzas y principios del budismo.
Al salir del samadhi seguía sintiendo su cálido campo de energía envolviéndome, y mi corazón se había encariñado con él hasta el extremo. Mi sensación era de alegría, emoción y asombro, como la de un hijo que, tras años perdido, encuentra por fin a su madre. Al día siguiente deseaba que el niño se durmiera pronto. Cuando el corazón es sincero, el deseo se cumple: a las diez y pico de la mañana el niño se quedó dormido. Emocionada, me senté a meditar de inmediato.
El maestro apareció. Tenía una expresión bastante solemne y estaba sentado sobre un cojín de meditación. No sé en qué lugar estábamos sentados el maestro y yo; allí reinaba un gran silencio y solo de vez en cuando se oía el rumor del agua. Me senté frente a él y empezó a transmitirme la primera sección del Gran Método de la Luz: el esclarecimiento de la mente y la visión de la propia naturaleza. Explicó el origen del método, su práctica y hasta qué punto se transformarían la mente y los canales de energía del cuerpo una vez consumado. Cuando terminó, empecé a entrar en la contemplación para practicarlo y verificarlo conforme a sus enseñanzas. Dentro del samadhi me pareció que pasaba aproximadamente media hora, y ya había completado el proceso de práctica y verificación de la primera sección. El maestro me elogió y me alegré muchísimo.
Cada día aprendía una sección; con ocho días seguidos de meditación, ya había completado todas las enseñanzas del maestro. De la segunda a la sexta sección aprendí las cinco clases de poderes sobrenaturales, y en la séptima y la octava me familiaricé principalmente con algunos conocimientos de artes adivinatorias, astrología, feng shui y artes mágicas. El maestro estaba muy satisfecho conmigo y me elogiaba casi a cada momento; siempre me llamaba «hija», y yo también sentía que ante él no era más que una niña de pocos años. Sus elogios multiplicaron mi confianza en la práctica, y mi apego al maestro no hacía sino crecer.
Durante aquella época, incluso sin meditar sentía que el maestro estaba en todas partes y en todo momento. Vivía a cada instante en una atmósfera familiar, cálida y llena de atenciones. Por dentro me sentía dulce como una muchacha en su primer amor, y también como una niña siempre dispuesta a mimarse en el regazo de su madre. Aparte de lo imprescindible, dedicaba casi todo mi tiempo a meditar: necesitaba ver al maestro con urgencia. Como entonces solo podía verlo y oír su voz entrando en samadhi, cada vez hacía menos tareas domésticas: no tenía tiempo de arreglar la casa y a menudo se me olvidaba hasta preparar la comida. En aquel momento parecía no importarme nada de cuanto ocurría en el mundo; solo deseaba tener tiempo para entrar en samadhi y conversar con el maestro.
Naturalmente, el primero en estar descontento conmigo fue mi marido. Lo primero que sintió fue que de pronto lo habían dejado de lado. Llevábamos casados menos de dos años y él era un año mayor que yo. Además de no arreglar la casa y de llevar al niño sucio, ya no tenía interés por la vida conyugal. Entonces no abrigaba en absoluto la idea de que la práctica exigiera la abstinencia sexual: sencillamente, ya no quería. Y desde aquella época empecé a llevar una dieta estrictamente vegetariana: ver carne me daba asco, y si comía algo que la llevara, me entraba una diarrea ligera. Mi marido masticaba verduras en las tres comidas; por la noche, en cuanto el niño se dormía, yo me sentaba mirando al sur. Él empezó a mostrarse irritable, angustiado y defraudado. Por dentro me sentía llena de culpa hacia él, pero no sabía qué hacer. El deseo de practicar había ocupado por completo mi vida; no podía renunciar a ello, ¡no tenía otra salida! Era como si me hubiera atrapado una tentación enorme: una vez dentro, ya no podía decidir por mí misma; parecía que una fuerza poderosa me empujara por la espalda y no me dejara retroceder ni medio paso.
Busqué una ocasión para contarle a mi marido mis experiencias de meditación y de práctica. ¡Cuánto deseaba que comprendiera y creyera mis palabras! Él se limitó a sonreír y dijo: —¿Me estás contando un cuento de hadas? No soy un niño. Y no soy el único que lo diría: si sueltas estas cosas, ¿quién te va a creer? De ahora en adelante, no le cuentes estas historias a nadie. —Me sentí muy decepcionada; sabía que mi comunicación con mi marido había fracasado.
En el samadhi terminé pronto de aprender cuanto el maestro me enseñaba, y en las meditaciones de los días siguientes no volví a repasar ni a reverificar las enseñanzas del maestro. El maestro empezó a decirme que no mirara ninguna de las visiones que aparecieran en el samadhi. Por entonces, entre mis visiones empezaron a colarse de vez en cuando imágenes aterradoras. Por ejemplo, lo que más miedo me daba eran las arañas, y entonces solía ver en el samadhi arañas que me cubrían todo el cuerpo; cuanto más miedo les tenía, más grandes se hacían. Si pensaba «que no se me suban a la cabeza», al instante tenía la cabeza y la cara llenas de arañas enormes. En esos momentos siempre recordaba las palabras del Sutra del Diamante: «Todos los fenómenos condicionados son como el rocío y el relámpago, como un sueño, una ilusión, una burbuja y una sombra: así deben contemplarse». De este modo mi mente se relajaba, mi pensamiento se pasaba al verso del sutra que acababa de recordar, y las arañas de todo mi cuerpo desaparecían al instante sin dejar rastro.
Al cabo de un tiempo, tanto si en el samadhi aparecían escenas aterradoras como escenas hermosas, yo hacía oídos sordos: nada tenía que ver conmigo. Así, las visiones fueron escaseando, pero en cambio aumentaron los pensamientos dispersos, hasta el punto de que a veces no lograba entrar en samadhi y me ponía a divagar. El maestro me dijo: «No te ocupes de los pensamientos. Los pensamientos son como las visiones: déjalos pasar a tu lado como el agua que fluye; míralos con calma, sin distinguir si son buenos o malos, virtuosos o perversos, hermosos o feos; basta con contemplarlos». Así me convertí en una observadora (en aquella época no necesitaba entrar en samadhi: podía ver al maestro en cualquier momento y conversar con él).
A medida que mi práctica y verificación avanzaban con más ahínco, las contradicciones familiares también se fueron agudizando, y entre mi marido y yo empezaron a aparecer algunos roces. Para entonces ya nos habíamos mudado a una casa nueva; mi familia me había ayudado en parte con el dinero, mi nivel de vida había mejorado mucho y hasta había contratado a una muchacha para que me ayudara a cuidar del niño. El descontento de mi marido hacia mí fue en aumento. Yo sabía que en aquella época me comportaba muy mal en la vida diaria; aunque ponía todo mi empeño, sencillamente no tenía tiempo para dedicar más a la familia y a mi marido. Y, sobre todo, mi marido notaba con claridad que mi corazón no estaba en casa, ni en él, ni en el niño. Yo creía amar mi hogar, pero tampoco sabía dónde estaba mi corazón. Lo peor era que mi genio se iba haciendo cada vez más irascible: ante las pequeñas ironías y sarcasmos de mi marido, yo debería haberlos dejado pasar como dejaba pasar las visiones en el samadhi. Pensarlo era fácil; hacerlo, muy difícil. Tenía menos paciencia que antes, me irritaba con más facilidad y me enfurecía con más violencia. En la mirada de mi marido leía con claridad sus sospechas hacia mí: ¿cómo es posible que la práctica espiritual y el estudio del budismo la hayan vuelto así? ¡Seguro que se ha extraviado y ha caído en la posesión demoníaca! Yo, por mi parte, pensaba con toda la razón del mundo: la práctica espiritual no tiene una forma fija que enseñarte; esto es el Dao vivo, así soy yo. Sabía también que aquello era un pretexto: mi ira no era una manifestación de sabiduría, sino de los hábitos arraigados: el estallido de la codicia, el odio, la ignorancia, la arrogancia y la duda.
El maestro me dijo que debía guardar el precepto de la paciencia ante las injurias. Le pregunté, angustiada, por qué había personas que no creían lo que yo decía, si algunas eran muy bondadosas, creían en el Buda y tenían buenas raíces. El maestro sonrió y me consoló: —¿No sueles mentir a veces? El fruto de mentir es precisamente este. —Lo pensé con detenimiento: no podía asegurar que en el pasado no hubiera mentido nunca; solo podía procurar no volver a mentir en adelante. Le pregunté al maestro cómo se guardaba el precepto de la paciencia ante las injurias. El maestro dijo: —Cuando te ocurra algo, no discutas sobre lo correcto y lo incorrecto, no te aferres al bien y al mal ni a lo bello y lo feo de la vida. Todo cuanto ocurre ahora es lo que debes y has de soportar: no solo no debes discutir con tu marido, sino que ni siquiera debes dejar brotar el resentimiento en tu corazón. Esto es lo que tu observancia actual de los preceptos te exige cumplir. —
Me puse de inmediato a hacer lo que decía el maestro: dejé de discutir con mi marido. Dijera lo que dijera, me esforzaba por mantener la calma y solo lo escuchaba en silencio, dejando que le entrara por una oreja y le saliera por la otra. Aun así, en mi corazón seguían alzándose olas. El agravio, la ira y el rencor me desgarraban el corazón, y las lágrimas me llenaban los ojos.
Por desilusión o por despecho, mi marido dejó de ocuparse de mí y del niño; a veces se quedaba bebiendo hasta muy tarde y, en alguna ocasión, no volvía en toda la noche…
Mi práctica seguía siendo diligente, pero mi estado de ánimo era pésimo y mi mente casi nunca estaba en equilibrio. A veces miraba al niño, tan adorable, miraba esta casa y pensaba que más valía abandonar la práctica espiritual: ¿por qué había de perder todo lo que tenía por practicar? Seguía siendo muy respetuosa con el maestro, pero había perdido la devoción de antes. El maestro seguía preocupándose por mí como siempre; no me soltaba grandes discursos y a veces hasta me decía que saliera a pasear por las tiendas y me comprara ropa nueva para reequilibrar el ánimo. Decía que en aquel periodo, con tal de que lograra mantener el equilibrio interior, todos los medios eran el mejor método.
Durante aquella época, a pesar de tener al maestro, al levantarme de la meditación seguía sintiendo confusión, desconcierto, agravio, dolor, agotamiento y desilusión. Llegué incluso a empezar a examinarme una y otra vez y a preguntarme por qué practicaba y qué era lo que en realidad quería hacer. Veía con más claridad que antes mis deseos y hábitos ocultos: no era distinta de los demás, y además me parecía que cuanto más practicaba, más retrocedía.
Sentía que no tenía ni pizca de sabiduría; incluso había perdido la inteligencia de siempre. Me había vuelto aturdida y cada vez tenía menos rumbo en la vida: no sabía qué hacía cada día ni qué me esperaba en el futuro. Convertirme en buda no era para mí más que un concepto borroso. ¿Qué es un buda? Cada vez lo entendía menos. Me limitaba a oír cada día lo que decía el maestro y a hacerlo todo tal como él decía. Ya no tenía ni un pensamiento propio; me sentía torpe, necia. Y, aun así, hacia el maestro conservé siempre la confianza y el respeto, sin dudar jamás. En aquella época, las enseñanzas del maestro se reducían a procurar por todos los medios que mantuviera el ánimo sereno y, en segundo lugar, a guardar el precepto de la paciencia ante las injurias.
Me parecía que guardar los preceptos era algo verdaderamente doloroso. No devolver la palabra podía lograrlo, pero no dejar brotar ni el más mínimo pensamiento de ira en el corazón era muy difícil de conseguir. Aun así, me esforcé al máximo: pensaba que si era capaz de lograrlo una vez, sería capaz de lograrlo dos veces. Esta inspiración me venía de mis comienzos en la meditación: cuando entraba en samadhi, me sentía muy a gusto.
Poco a poco fui comprendiendo que haber podido entrar en samadhi desde el comienzo de mi práctica se debía por completo a las bendiciones del maestro, y también a que mi mente estaba relajada y sin ideas que la estorbaran. Más tarde, cuando de verdad me tomé la meditación en serio, en cambio me costaba permanecer sentada. En la práctica de los días siguientes aumentaron los pensamientos dispersos, y a los cuarenta y pico minutos de meditación (siempre en medio loto) las piernas empezaban a dolerme. El maestro me dijo que no me levantara de la esterilla y que aguantara segundo a segundo. Además, a mi lado no dejaba de animarme: aguanta un segundo más, aguanta un segundo más… El dolor fue pasando poco a poco de los tobillos a los muslos, y se movía en círculo entre las dos zonas; a veces me dolía tanto que sudaba a chorros… ¡Y de pronto el dolor desapareció por completo! Al instante, una sensación de bienestar se extendió por mis piernas y por todo el cuerpo. El maestro dijo que tras aguantar así varias veces ya no dolería más, aunque a veces se entumecería. Apliqué aquella experiencia a la observancia de los preceptos: cada vez que estaba a punto de enfadarme, pensaba en aguantar un poco más, en soportar segundo a segundo.
Pero si no tenemos la sabiduría de ver con claridad la realidad de las cosas y acabar por aceptarla y disolverla, la paciencia es solo pasajera, y la tolerancia humana tiene siempre un límite. Cuando se llega a ese punto, toda la paciencia acumulada estalla de golpe en un instante: una, como quien sacude un racimo de uvas, recuerda de pronto todas las cosas que tuvo que soportar y las cobra todas juntas a la vez.
Yo estaba exactamente así: mi cólera estallaba de pronto como una locura. Eché por la borda todas las enseñanzas del maestro y olvidé también por completo la educación que me habían dado mis padres. Solté palabrotas y hasta rompí a golpes algunos objetos de la casa. Mi marido despreció por completo mi comportamiento. Después de consumar aquella obra maestra, me calmé y me rebajé hasta no valer nada: no tenía cara para volver a hablar con el maestro. El maestro no me reprendió; solo me consoló y dijo: —Lo pasado, pasado: no vuelvas a pensar en ello. Lo que hiciste fue un error, y si sigues dándole vueltas, no harás sino sumar error al error. Hija, hay mucha energía en tu interior; tu práctica ha llegado al punto en que los canales de energía han empezado a transformarse, y es muy peligroso que no puedas controlar el brote de tus pensamientos. De ahora en adelante, cada año tendrás que apartarte durante un tiempo del mundanal ruido, ir a la montaña y practicar y verificar con dedicación plena hasta completar la transformación de los canales de energía. Cuando llegue el momento, te comunicaré el lugar y la fecha concretos. —
Y así fue: al poco tiempo, mi maestro me avisó de que tal día de tal mes debía ir al monte Putuo y, tras permanecer allí algo más de veinte días, regresar de inmediato. Al recibir su aviso, me asaltaron algunas dudas. Primera: si me ausentaba tanto tiempo, mi marido seguro que no estaría de acuerdo. Aunque mi hijo ya tenía casi dos años, seguía siendo pequeño, y tampoco me dejaba tranquila dejarlo al cuidado de una niñera. Segunda: el problema del dinero. El monte Putuo quedaba muy lejos de Shanxi, y mi maestro me indicó que fuera en avión, lo que exigía una suma de dinero de la que yo no disponía en absoluto.
Aquí debo hablar de mi hermano menor.
Éramos cuatro hermanos y yo ocupaba el tercer lugar. Mi madre era maestra y mi padre, un funcionario corriente del Estado; mi hermana mayor y mi hermano mayor eran empleados del ayuntamiento. Mi hermano menor se licenció en medicina tradicional china en la facultad de medicina y luego fue destinado a la fábrica farmacéutica municipal; al cabo de medio año dejó el empleo y abrió en la ciudad su propio consultorio particular. Era de trato afable y muy amable con la gente. Aunque no tenía fama, muchos enfermos acudían de buena gana a su consulta. Al trabajar por su cuenta gozaba de libertad de horario; por entonces, en su tiempo libre practicaba algo de qigong duro y taichí, y también leía sutras budistas y practicaba dhyana. Le describí los estados que se me habían manifestado tras empezar a meditar sentada: toda aquella retahíla de experiencias extraordinarias. Al oírlas, no le interesaron los estados que yo veía; solo me preguntó con gran serenidad: «¿Qué enseñanzas te expuso ese maestro?». Le dije que en mi corazón había comprendido algo, pero que no sabía expresarlo. Me pidió que resumiera sencillamente mi comprensión. Cuando terminé, dijo: «Aunque no puedo entender los sutras budistas con plena armonía, parece que sus enseñanzas no contradicen la doctrina de los clásicos budistas; no debe de tratarse de algo transformado por un demonio». Pensé para mis adentros que nunca se me había pasado por la cabeza que un demonio pudiera convertirse en monje para engañarme; y además, ¿qué aspecto tiene un demonio y cuál un buda? Supongo que, como por entonces había leído pocos sutras, no me puse a darle más vueltas a ese asunto.
Sin embargo, su respaldo me sentó como una píldora tranquilizante: al menos él creería que decía la verdad y que se tomaría en serio mis palabras. Desde entonces, durante todo el proceso de práctica y realización espiritual, solía ir a hablar con él. A veces, cuando le contaba los fenómenos que me ocurrían en dhyana, apenas empezaba a describirlos y él ya completaba la segunda parte de la escena; eso me asombraba muchísimo. Él decía que, en su opinión, así debía ser. Pero cuando él se sentaba a meditar no veía nada en absoluto: una masa oscura, sin un destello de luz. Aun así, conocía mis estados.
Él solía decirme: «¿Por qué tienes tantas manías de mujercita?». Y yo le contestaba: «Después de tantos años sentado, pareces un leño seco: no tienes ni una pizca de chispa».
Claro que, cuando mi maestro me pidió que fuera al monte Putuo, lo primero que hice fue recurrir a él para que me buscara una solución.
Al poco tiempo dio con la solución: yo me encargaría de convencer a mi marido; de día, mi madre y mi hermana mayor se turnarían para visitar al niño; de noche, como el centro de trabajo de mi cuñada, la hermana menor de mi marido, quedaba cerca de mi casa y además era soltera, se quedaría en mi casa a hacer compañía al pequeño. En cuanto al dinero, mi hermano pensaba vender la casa donde acababa de instalarse como recién casado; él y su esposa seguirían viviendo con mis padres, y luego me acompañaría al monte Putuo.
Yo tampoco encontraba una solución mejor, así que nos pusimos en marcha cada uno por su lado. Salvo mi hermana mayor, que aceptó sin titubear, nadie aprobaba nuestra idea. Aunque mis padres en el fondo no se oponían a mi práctica espiritual, creían que bastaba con comer vegetariano, ofrecer incienso al buda y leer los sutras en casa; ¡para qué tener que irse de casa a practicar! Mi madre, además, temía que mi práctica terminara por romper mi familia. Pero mi hermano y yo manteníamos una actitud firme y no dejamos de hacer labor de convencimiento entre los demás; se acercaba el día de la partida, la casa ya estaba vendida y el asunto estaba decidido.
La noche antes de partir, mi marido llegó a casa muy tarde, completamente borracho. Al día siguiente, cuando estábamos a punto de salir, volvió de pronto desde su trabajo; sin decir nada, solo me ayudó a bajar la maleta a la planta baja, con los ojos anegados en lágrimas. Por dentro fue como si me hubieran volcado el tarro de los cinco sabores: un revoltijo de emociones imposible de describir. Me despedí de mis padres y puse el pie en la primera etapa de mi peregrinación al monte Putuo, el bodhimanda de la bodhisattva Guanyin.
Volamos hasta Ningbo, pasamos allí una noche y luego tomamos un barco. Al llegar al monte Putuo, nos alojamos en un hotel junto al mar. En dhyana había visto innumerables veces el Mar del Sur, había visto a la bodhisattva Guanyin vestida de blanco y había oído el atronador estruendo de las mareas; hoy, por fin, me encontraba yo misma sentada a la orilla del Mar del Sur. Contemplando aquella superficie marina que se perdía en el infinito y escuchando el flujo y reflujo de las olas, mi corazón se volvió vasto y sereno; la ansiedad, la inquietud y el cansancio de aquellos días quedaron arrastrados por el agua del mar hasta no dejar rastro.
Al día siguiente nos dispusimos a ir al monte Luojia. Al llegar al muelle, por el fuerte oleaje ningún barco zarpaba. Nos quedamos esperando en el muelle y, al final, una lancha particular se ofreció a salir a la mar, aunque subió el precio del pasaje en diez yuanes. Alquilamos la barca entre una decena de visitantes; la cabina era diminuta y los más de diez nos apretujamos sentados sobre las tablas del suelo.
El barco zarpó y el oleaje era fuerte. Era la primera vez que me subía a una embarcación tan pequeña; me sentía emocionada y curiosa, y ni se me pasó por la cabeza que pudiera haber peligro alguno. Los demás pasajeros seguramente eran budistas de la zona: casi todos llevaban cuentas de oración en la mano y bolsas de incienso a la espalda, y nada más subir a bordo se pusieron a recitar «Namo Guanshiyin Pusa». Pensé: no en vano este es el bodhimanda de Guanyin; la gente de esta tierra cree en la bodhisattva Guanyin con semejante devoción.
Cuando el barco se acercó al centro del mar, el oleaje arreció de pronto con más violencia; la barca de madera comenzó a balancearse con fuerza y, por miedo a que el agua entrara en la cabina, la entrada quedó tapada con una gruesa cortina. Dentro todo era oscuridad y sofoco; me parecía que la barca había perdido el rumbo, que daba vueltas sobre sí misma, y las sacudidas eran cada vez más violentas. Los ocupantes éramos arrojados de un lado a otro, amontonados los unos sobre los otros. Algunos empezaron a vomitar. Un niño de rasgos finos y hermosos que estaba recitando el nombre del buda sacó a toda prisa de su bolsa de incienso un fajo de bolsas de plástico y las repartió entre todos. ¡Fue un salvavidas de verdad! Casi sin tiempo para darle las gracias, todos hundimos la boca en las bolsas y vomitamos sin control.
Sentía que iba a vomitar hasta los intestinos. Cuando todos vomitábamos sin consuelo, el barco empezó a detenerse poco a poco. ¡Por fin habíamos llegado!
Al desembarcar, empezó a llover. Algunos de los pasajeros discutían con el patrón por algo; mi hermano y yo, atareados siguiendo las indicaciones del plano, buscábamos el monasterio. Tras caminar una decena de minutos, a los dos nos pareció que algo no cuadraba; mi hermano preguntó por el camino a un vendedor de un puesto al lado. Aquel hombre dijo que aquello no era el monte Luojia, y que para ir al monte Luojia había que cruzar en barco.
Contemplamos a lo lejos la superficie del mar envuelta en lluvia y niebla y, como si despertáramos de un sueño, lo comprendimos. Resulta que aquel barco, al llegar a la mitad del trayecto, había regresado al muelle por el fuerte oleaje. Como no conocíamos bien la isla, no habíamos reconocido que el lugar donde acabábamos de desembarcar era el mismo de donde habíamos zarpado. Nos miramos el uno al otro… ¡y no pudimos evitar soltar una carcajada!
Al cabo de dos días, el mar se calmó y, por fin, vimos cumplido nuestro deseo: tomamos una lancha rápida hacia el monte Luojia. Aquella noche volví al hotel y dormí muy a gusto, pero en mitad de la noche me desperté de golpe, sobresaltada: la habitación en que estábamos estaba bañada por una luz blanca y cegadora. ¡Una imagen blanca de la bodhisattva Guanyin se erguía en el centro de la habitación! Era alta y solemne, y su cabeza llegaba hasta el techo. Era la primera vez que veía la imagen de la bodhisattva Guanyin sin estar en samādhi. Angustiada, eché un vistazo a mi hermano, que dormía en la otra cama; parecía estar profundamente dormido. No me atreví a llamarlo; me quedé clavada mirando la imagen, y sentía que me asfixiaba. La habitación estaba tan en silencio que oía mi propia respiración y los latidos de mi corazón.
De pronto, la imagen desapareció; la habitación quedó a oscuras y solo se oía, uno tras otro, el sonido de las mareas desde fuera. No le di muchas vueltas en mi interior; solo me pareció un poco extraño qué causa y condición hacía que Guanyin se manifestara así. Después volví a quedarme dormida.
La estancia en el monte Putuo terminó de manera satisfactoria: además de postrarme ante todos los monasterios de la isla, como me había indicado mi maestro, dediqué el tiempo restante a meditar sentada y a practicar dhyana. En el monte Putuo no noté ningún cambio en mis canales de energía corporales. Aprovecho aquí para añadir algo: cuando tenía unos diez y pocos años, solía notar a veces que, de pronto, me hacía más grande o más pequeña; era solo una sensación rara, no le daba ninguna importancia y jamás se lo mencioné a mis padres. De más mayor, comiendo a veces con toda una mesa de gente, si me quedaba un instante absorta, de repente las personas que tenía delante cambiaban por completo de aspecto: unas eran perros, gatos o cerdos, y a alguien la cola se le balanceaba aún en la silla. No sentía sorpresa; solo solía exclamar con emoción: la vida es de verdad asombrosa, cómo basta con que se nuble la vista un instante para que este mundo cambie de apariencia.
Un tiempo después de que mi maestro comenzara a enseñarme dhyana, de pronto empecé a ver a través del cuerpo humano: los huesos y los órganos internos. Aunque no era demasiado estable: a veces quería ver y no veía, y cuando no quería ver no hacía más que ver corazones, hígados, bazos y pulmones por todas partes, ¡y me resultaba muy molesto! Mi maestro me dijo: «Esto es el poder del ojo celestial. Tu ojo celestial aún no tiene energía suficiente, por eso es inestable; con el tiempo se estabilizará».
Y, en efecto, a medida que se fortalecía mi samādhi, pude controlarme a voluntad: cuando no quería ver, podía cerrar el ojo celestial. Además, cuando mi maestro terminó de exponer los cinco ojos y los seis poderes sobrenaturales del budismo, comprendí con serenidad y acepté algunos de los fenómenos que me ocurrían. Sobre los poderes sobrenaturales, mi maestro me enseñó: «No juegues con los poderes sobrenaturales. En primer lugar, tus canales de energía aún no están del todo abiertos, y menos aún completamente transformados; usar los poderes consume muchísima energía, así que te costará aún más acumularla y no lograrás una transformación fisiológica más profunda. En segundo lugar, jugar con los poderes atrae con facilidad a los demonios externos y te hace inmiscuirte en el karma de los demás». Le pregunté: «Pero, ¿no es cierto que en los sutras muchos bodhisattvas juegan con los poderes sobrenaturales?». Mi maestro sonrió y dijo: «Cuando hayas realizado la vacuidad, podrás jugar como quieras. Además, lo tuyo todavía no puede considerarse un poder sobrenatural; es solo una pequeña capacidad». En aquel entonces yo pensaba que tener poderes sobrenaturales no era algo malo: incluso una pequeña capacidad facilitaba muchísimo desarrollar una fe correcta en el Dharma, y la práctica no resultaba monótona: ver estados reforzaba la confianza en la práctica espiritual.
Pero todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes: tener pequeños poderes sobrenaturales hace más fácil caer en el extravío demoníaco. Porque soltar la codicia, la ira, la ignorancia, la arrogancia y la duda que anidan en el corazón es algo en lo que los poderes sobrenaturales no pueden ayudar. Si al final no logramos erradicar nuestros hábitos y despertar la sabiduría, por grandes que sean nuestros poderes, no alcanzaremos la libertad de cuerpo y mente, ni podremos jugar con los poderes a nuestro antojo…
Al volver del monte Putuo, todo estaba en calma en casa y cada cual había retomado su lugar. Sentía que el mayor logro había sido ensanchar mucho mi corazón y que mi estado de ánimo era cada vez más apacible. Durante aquella época empecé a leer sutras budistas en gran cantidad: devoraba con avidez toda obra budista que pudiera comprar o pedir prestada. El Sutra del Diamante, el Sutra del Loto de la Ley Maravillosa, el Sutra de la Iluminación Perfecta, el Sutra Surangama, el Sutra Lankavatara, el Sutra del Gran Nirvana, el Sutra de la Plataforma del Sexto Patriarca, el Compendio de las Cinco Lámparas, además de las enseñanzas de Nan Huaijin, del maestro Yuan Yin y de algunos rinpoches del Tíbet, así como algunas obras confucianas y taoístas. No podía comprender todo lo que los libros decían, y desde luego no retenía nada. Si alguien me preguntaba qué decía el Sutra Surangama, era posible que yo contara el contenido del Sutra Lankavatara; solo yo sabía lo que había obtenido. Al leer los sutras sentía una alegría furtiva en el pecho, como la de un ladrón que hubiera robado joyas de valor incalculable… Y en cada libro, con tal de que hubiera una sola frase que se correspondiera con mi estado de ánimo de entonces y resolviera la inquietud que yo tenía en el corazón, al instante sentía que un nudo se me desataba de golpe y que el corazón me florecía. Era una sensación de súbita iluminación, como si me vertieran néctar sobre la coronilla. Estaba sumergida en el océano de los sutras budistas, sin acordarme de regresar…
En aquella época, mi cuerpo también empezó a dar señales al mismo tiempo. Lo primero fue un dolor de cabeza intenso que duró un buen rato: al mirar hacia mi interior vi que los canales de energía de mi cabeza se habían vuelto enteramente rojos, como tubos de acero al rojo vivo. El dolor era tan agudo que parecía una meningitis aguda: hasta respirar hondo o girar un poco la cabeza me hacía apretar los dientes y torcer la boca de dolor. Yacía inmóvil en la cama y veía cómo en la coronilla se abría un loto de carne; cada pétalo que se desplegaba me arrancaba un dolor punzante… Cuando por fin el loto se abrió por completo, el canal de energía de la coronilla se hundió hasta quedar como un receptor de radar.
Este proceso duró alrededor de medio mes. Como mi maestro me había dicho que mis canales de energía estaban en transformación y que no me preocupara por ellos, no sentí ni sorpresa ni miedo.
El segundo fenómeno fue que, de manera intermitente, no me apetecía comer: solo bebía agua y, de vez en cuando, comía algo de fruta. A veces duraba siete días, a veces medio mes. En cualquier caso, lo dejaba todo fluir con naturalidad: si tenía hambre, comía; si no, no comía. No presté demasiada atención a los cambios de mi cuerpo.
Por aquel entonces, algunos amigos que creían en el budismo o practicaban qigong solían venir a visitarme; además de recibirlos con calor, me ponía a hablarles largo y tendido de ciertas teorías budistas, y me empeñaba en imponerles mis propias opiniones budistas, que distaban mucho de ser plenamente coherentes, a la vez que les instaba con todas mis fuerzas a creer en el budismo y a practicar el Dharma, sin dejarles el menor hueco para meter baza en la conversación. Algunos amigos a quienes el budismo no les interesaba en absoluto estaban, literalmente, guardando la «disciplina de la paciencia»: casi todos aguantaban con paciencia que yo bombardeara sus oídos ronda tras ronda, hasta que llegaba la hora de comer o se hacía muy tarde; entonces se despedían con cortesía, y yo insistía una y otra vez en que se quedaran, a veces incluso les metía por la fuerza unos cuantos libros budistas que yo consideraba muy valiosos, advirtiéndoles de que era un libro tan bueno que no debían perderlo por nada del mundo y de que, la próxima vez que nos viéramos, lo comentaríamos juntos.
No sé cómo mis amigos pudieron soportar aquel fanatismo mío sin llegar a romper conmigo. El resultado final fue que casi todos mis amigos empezaron a creer en el budismo o a interesarse por la práctica del dhyana.
Aunque obedecía a mi maestro y procuraba no usar los poderes sobrenaturales, a veces, con algunos buenos amigos, también jugaba un poco con ellos: por ejemplo, ver si tenían algún problema en los órganos o contemplar algunos asuntos de sus vidas pasadas. Recuerdo que un día vino de visita una señora mayor; medio en broma, medio en serio, me pidió que examinara si tenía algún problema ginecológico. Revisé su útero y descubrí que en su interior había un tumor negro; le dije sin más: «Tienes un tumor maligno en el útero». Nada más decirlo, me arrepentí: ¡qué imprudencia por mi parte! Por la experiencia que yo tenía entonces en el diagnóstico de enfermedades, los tumores y quistes del interior del cuerpo solían presentarse en dos colores: tirando a negro o tirando a rojo. El negro solía indicar una lesión maligna, y el rojo, una benigna. Pero ahora, con los años que llevo ejerciendo la medicina, sé que algunos tumores benignos, cuando llevan demasiado tiempo formados y el paciente tiene el qi y la sangre muy debilitados, también emiten durante un tiempo breve un resplandor negruzco; tras un periodo de tratamiento con medicamentos, la luz del tumor vuelve a tornarse roja y se va encogiendo poco a poco.
En cuanto me oyó, aquella señora cambió de color y se echó a llorar. No me esperaba que fuera tan frágil; me apresuré a consolarla diciéndole que a veces yo tampoco veía con precisión, que podía ir al hospital a que le hicieran un chequeo y que, si de verdad era como yo decía, mejor era descubrirlo a tiempo. Ante mi consuelo no dijo ni que sí ni que no; se marchó llorando, y yo me quedé en casa cabizbaja. Sabía que, en el pasado, cada vez que había examinado a algún enfermo sin pretenderlo, el resultado solía ser muy certero. Sentía pena por ella, y a la vez pensaba que en adelante no volvería a examinar a nadie: aunque lo detectara, no podía ayudar a curarlo y solo le añadiría sufrimiento. Pero también me parecía que una practicante espiritual que ve a alguien enfermo y no se lo dice no puede tener tranquila la conciencia. Me quedé a solas, sentada largo rato, pensando para mis adentros: ojalá yo fuera una buena médica. Qué hermoso sería, como los antiguos Li Shizhen, Hua Tuo y Bian Que, curar enfermedades y salvar a la gente. No imaginaba que aquel deseo mío se cumpliría muy pronto.
Una noche, mientras meditaba sentada, llegó mi maestro y me dijo que me llevaría a ver a otro maestro. Tras caminar un rato dentro del dhyana, me condujo ante una tumba en cuyo epitafio se leía «Tumba de Li Shizhen». Mi maestro me pidió que me postrara ante ella. Sin pensarlo un instante, me incliné ante la lápida. De pronto, la tumba estalló y de ella saltó un hombre que me tomó de la mano y exclamó: «¡Hace mucho que te esperaba! Te llevaré a reconocer hierbas medicinales». Antes de que reaccionara, ya me había llevado ante una colina cubierta de hierbas medicinales. Entusiasmado, fue diciéndome el nombre de una planta tras otra; hablaba muy deprisa, y yo me esforzaba por memorizar…
Al salir del samādhi, rememoré la experiencia vivida en dhyana llena de dudas: ¿acaso me había sumido hacía un momento en un letargo, me había dormido y había soñado? ¡¿Li Shizhen llevaba casi mil años sin reencarnarse?! Pero en mi cabeza quedaban registrados con claridad los nombres de varias hierbas y su aspecto. Las dibujé simplemente en un papel, con intención de preguntarle a mi hermano al día siguiente.
Al día siguiente, mi hermano escuchó mi relato, miró los dibujos y los nombres que había trazado y dijo: «Voy a consultar el Compendio de Materia Médica». Y, en efecto, encontró en el libro los nombres de aquellas hierbas que yo había mencionado, y las ilustraciones que las acompañaban eran casi idénticas a mis dibujos. Dijo que eran hierbas de poco uso y que tampoco estaba familiarizado con sus nombres. En dhyana, mi maestro me dijo: «Puedes tomar a Li Shizhen como maestro, para que te transmita sus conocimientos de medicina china». Desde entonces, Li Shizhen se convirtió en mi segundo maestro. Más tarde apareció otro maestro, de apellido Huang, que solo me enseñó acupuntura. Como había hecho antes con mi maestro, cada día, al entrar en samādhi, escuchaba a Li Shizhen exponer las teorías de la medicina china y al maestro Huang explicar la acupuntura. Daban las clases muy deprisa, combinando palabras e imágenes. Por ejemplo, cuando Li Shizhen hablaba de una hierba medicinal, aquella planta aparecía viva ante mí; si no la veía con claridad, la planta podía ampliarse miles de veces en un instante. Cuando Li Shizhen explicaba las propiedades de una planta (que era de naturaleza fría o de sabor ácido), en mi estómago aparecían a la vez sensaciones de frío y de acidez. Cuando explicaba los meridianos por los que recorría el medicamento, ante mí aparecía un cuerpo humano vivo; solo que era transparente, y podía ver con claridad cómo, con distintas combinaciones y distintas dosis, el medicamento se desplazaba por sus canales de energía…
Cuando el maestro Huang enseñaba acupuntura, ante mí aparecía igualmente un cuerpo humano transparente. Su qi y su sangre circulaban, y la distribución de los meridianos quedaba unida por una luz de color oscuro; los puntos de acupuntura brillaban con especial intensidad, formando puntos de luz que parpadeaban. La comunicación con Li Shizhen y el maestro Huang no era tan fluida como con mi maestro: a menudo no entendíamos lo que el otro quería expresar. Mientras escuchaba sus clases, mi mente se quedaba en blanco; al salir del samādhi solo recordaba algunos de sus métodos y las imágenes de las lecciones, pero muy poco del contenido. Algo preocupada, le pregunté a mi maestro: «Si aprendo así la medicina china, no podré usarla cuando salga del samādhi». Mi maestro dijo: «No importa. Lo que explican queda programado e introducido en tu cerebro; cuando lo necesites en el futuro, saldrá de forma natural». Dejé de preocuparme y, cada día, al entrar en samādhi, me limitaba a asistir a clase.
Ese aprendizaje duró más de medio año, hasta que algo ocurrió y lo interrumpió.
Un día, mi esposo compró diez jins de grasa de cerdo y me pidió que la convirtiera en aceite. Desde mi regreso del monte Putuo, ver carne ya no me daba asco. En casa, mi esposo, la empleada doméstica y los niños comían carne; solo yo llevaba una dieta vegetariana. Por la mañana puse toda la grasa de cerdo en la sartén a calentar; cuando se hubo fundido por completo en aceite, lo vertí en una palangana grande. El aceite, ya muy caliente, empezaba a echar humo azulado, y llené la palangana hasta el borde. Dejé la palangana sobre la encimera de la cocina y pensé que aquel sitio era demasiado bajo: si un niño viniera a jugar y la volcara sin querer, las consecuencias serían terribles. En aquel momento mi cabeza parecía nublada: cogí aquella palangana repleta de aceite y la coloqué en el alféizar de la ventana del edificio. El alféizar apenas tenía el ancho de una palma de la mano; hasta un niño habría sabido que era imposible poner allí una palangana, pero yo lo hice igualmente.
En cuanto la dejé, la palangana se inclinó hacia un lado; al derramarse el aceite, extendí la mano para sostenerla. El resultado fue que todo el aceite cayó sobre mi brazo derecho. Solté un grito y ni siquiera sé cómo salté de la cocina al salón. Cuando volví en mí, me vi sentada en el salón sosteniendo el brazo derecho con la mano izquierda, llorando a gritos de dolor; el brazo se me puso rojo en un instante y la mano derecha se me encogió como una garra de pollo. A medida que el veneno del aceite iba penetrando capa a capa, cada pocos segundos me atravesaba un dolor intenso y punzante. Sentada en el suelo, pataleaba sin control y lloraba a voz en cuello; sin importarme ya el decoro ni conservar compostura alguna, asusté tanto a la empleada doméstica que recorrió todo el pasillo llamando a las puertas para pedir pomada para quemaduras.
Después de aplicarme un poco de pomada para quemaduras, pude soportar algo mejor el dolor. De pronto pensé en Li Shizhen; cerré deprisa la puerta del dormitorio y me senté a meditar. Parecía que no había llegado a entrar en samādhi, pero vi con claridad a Li Shizhen que traía una jarra de agua hirviendo y la vertía entera sobre mi brazo (esto fue una visión del estado de meditación; no debe imitarse). Después sacó un cuenco con un medicamento rojo y pastoso, preparado de antemano, y me lo fue aplicando en el brazo poco a poco. Sentí que todo el brazo se me iba refrescando y el dolor disminuyó mucho. Entonces empezaron a salirme ampollas grandes en la mano y en el brazo. Li Shizhen me aplicaba la medicina mientras me tranquilizaba: «No es nada, no es grave; en seguida se te curará». Yo tenía mucho miedo de que mi mano derecha no volviera a estirarse y me quedara lisiada. Mi maestro vino a verme y me dijo: «Este es tu sino; hemos hecho todo lo posible por reducirlo al mínimo, pero aun así tendrás que sufrir algún dolor en la carne. No te preocupes: te recuperarás del todo». Luego añadió: «Esta quemadura de aceite te ha traído también un beneficio inesperado: tu grito tan agudo sacó del samādhi a un amigo mío». En ese momento, en plena meditación chan, me vi de pronto dentro de una cueva de montaña; en el cojín de meditación que había en la cueva estaba sentado un maestro daoísta de pelo suelto. De huesos singulares, me miraba con los dos ojos brillantes y penetrantes; luego le dijo a mi maestro: «¡Por poco pierdo un asunto de gran importancia!». Se levantó, se inclinó en una profunda reverencia ante un libro de encuadernación antigua colocado sobre una mesa de piedra a su lado y, con gran respeto, tomó aquel libro y me lo entregó. En la portada ponía «Huangdi Neijing». Me senté delante de él y se puso a explicarme el contenido del libro. Aturdida, sin saber cuánto tiempo llevaba sentada, salí del samādhi…
Con la ayuda de mis maestros, además compré por mi cuenta pomada para quemaduras en el hospital. Una semana después, las ampollas grandes habían desaparecido por completo y los dedos volvían a estirarse con toda soltura, pero la piel empezó a ulcerarse. Mi maestro dijo: «El veneno del aceite de esta quemadura ha hecho que todas las toxinas de tu cuerpo salgan por las manos; tardarán en expulsarse unos tres años, de forma intermitente. Picará un poco; tendrás que aguantarlo». Yo pensé que el picor siempre sería más llevadero que el dolor: bastaba con comprar una pomada contra el picor, y si me desesperaba, me rascaba un poco… ¡Qué pronto saqué mis conclusiones!
Esa comezón era como si millones de hormigas treparan por todo mi cuerpo. En cuanto picaban las manos y los brazos, todo el cuerpo reaccionaba: hasta la lengua y el corazón picaban, y no había nada que hacer salvo revolcarme en la cama. Con el dolor aún podía soportar estar sentada unos minutos, pero con la comezón no podía meditar ni un solo segundo. Por suerte, los ataques tenían un ritmo regular: por lo general empeoraban al mediodía y a medianoche. Por la noche procuraba acostarme lo antes posible; a la medianoche, por muy profundamente que durmiera, la comezón me despertaba de golpe. Mi marido estaba de viaje de negocios en aquella época, y solo una anciana sirvienta me hacía compañía. Le estoy muy agradecida por los cuidados que me brindó: en cuanto oía mis gemidos en mitad de la noche, se levantaba deprisa, llenaba la palangana con agua hirviendo de la tetera y le echaba un buen puñado de sal, y yo iba metiendo el brazo poco a poco. En aquel entonces la carne estaba levemente ulcerada y, con aquella comezón, ni siquiera me importaba que el agua quemara. Cada ataque duraba alrededor de media hora y, cuando cesaba, de la piel ulcerada manaba un líquido amarillo y tóxico. Como se trataba de eliminar toxinas, los maestros solo observaban desde un lado y me consolaban. Una vez le dije al maestro: «Esta comezón es insoportable; me dan ganas de cortarme este brazo con un cuchillo». El maestro me miró con lástima y dolor sin decir nada, y pensé que esta vez tampoco tenía manera de ayudarme. Pero unos días después, el maestro trajo muy contento a una persona para que me viera. El maestro llamaba maestro a esa persona.
Aquella persona parecía mucho más joven que el maestro. Miró mi mano y luego dijo: «Empecemos». El maestro me pidió que me sentara en silencio, y los dos se sentaron frente a mí. Apenas logré aquietar la mente cuando oí el sonido de una guqin: frente al maestro ya estaba dispuesta una guqin, y la estaba tocando, mientras el otro maestro sostenía una pipa entre los brazos. La guqin del maestro sonaba grave y melodiosa; la pipa del otro maestro solo emitía un «uuu», como el viento al soplar.
En un instante, de los instrumentos de los dos maestros brotaron innumerables haces de luz dorada que me envolvieron. De pronto todo mi cuerpo ardía en un calor sofocante, y vi cómo de mis meridianos salían destellos de una luz blanca intensa y cegadora que se fundían con la luz dorada. La música que llegaba a mis oídos se volvía cada vez más intensa; fui atravesada por millares de haces de luz dorada, me fundí y desaparecí en la luz. En ese momento comprendí de repente que los dos maestros estaban eliminando mis toxinas con las cinco notas, y luego perdí por completo el conocimiento. Cuando desperté, los dos maestros ya no estaban. Miré mi brazo y vi que ya había mejorado un poco. A partir de entonces, la comezón disminuyó muchísimo: solo me picaba la zona quemada, y el resto del cuerpo ya no picaba al mismo tiempo. No supe qué decirle al maestro, y las lágrimas resbalaron en silencio.
El maestro me dijo más tarde que, para que el veneno del brazo se eliminara un poco más rápido, podía practicar taichí. Así que me puse a aprender de un maestro y durante varios meses practiqué taichí y la espada de taichí; aunque no los ejecutaba con precisión, esto contribuyó en cierta medida a la recuperación de mi brazo.
El maestro me avisó por segunda vez para ir a peregrinar al monte Wutai, y esta vez casi nadie en casa puso objeciones, porque el monte Wutai estaba a poco más de dos horas en coche de mi casa y, además, el tiempo era corto: solo teníamos que ir una semana. Al monte Wutai ya había ido una vez, pero entonces fue solo de paseo: compré algunos recuerdos de turista y me volví; esta vez, por supuesto, era distinto. Mi hermana mayor estaba también muy animada; pidió una semana de permiso para acompañarme a mí y a mi hermano menor. Al llegar al monte Wutai, primero nos alojamos en una pequeña posada y después fuimos a postrarnos en el Pico del Bodhisattva. Mientras rendíamos culto en el Salón del Gran Héroe, de pronto apareció ante nosotros un muchacho que dijo: «El bodhisattva Manjushri no está hoy; me ha pedido que os diga que mañana, en luna llena, volverá». Luego peregrinamos por turnos al pico Dailuo.
La noche del segundo día resultó ser el quince del calendario lunar. Pensé que, como nunca había visto al bodhisattva Manjushri, aquel día debía esperar a que volviera para verlo. Desde las once de la noche me puse a meditar de cara a la ventana; a través del cristal veía el cielo nocturno despejado y una luna llena suspendida en el aire. Perdí la noción de si estaba en samadhi o con los ojos abiertos, cuando de pronto vi un pequeño punto negro que parecía acercarse a mí desde la luna. En un instante, el cristal de la ventana quedó envuelto en una luz blanca, y vi al bodhisattva Manjushri entrar por la ventana sentado erguido sobre un león azul. Fue tal mi asombro que me quedé sin palabras: ¡qué hermosura! Si antes lo más bello que había visto era la doncella celestial, comparada con la manifestación del bodhisattva Manjushri resultaba de lo más vulgar. En la luz tenue, Manjushri se manifestaba en cuerpo de hombre, con vestiduras y adornos solemnes y espléndidos, y sostenía una flauta traversa ante la boca, tocándola. El león azul estaba acurrucado bajo sus piernas; la flauta parecía sonar, pero yo no oía ningún sonido. Pregunté: «¿Qué toca el bodhisattva?». Manjushri respondió: «Toco todos los sonidos del mundo…». Manjushri pareció preguntarme si todo iba bien. Le dije que muy bien. Le conté que al día siguiente pensaba peregrinar a las cinco terrazas. Unos diez minutos después, la figura del bodhisattva Manjushri desapareció de la habitación.
Las cinco terrazas del monte Wutai se alzan respectivamente en la cima de cinco picos y representan las cinco sabidurías de Manjushri. Peregrinar al pico Dailuo es la peregrinación menor; peregrinar a las cinco cimas es la peregrinación mayor. En aquella época estaban construyendo carreteras de montaña en zigzag en las cinco montañas, y los coches no podían subir; alquilamos un triciclo adaptado a partir de una motocicleta, y el camino era muy duro. Salvo la terraza Norte, a la que el triciclo no pudo subir, en las otras cuatro terrazas subimos en el vehículo hasta la misma cima, empleando un día por montaña. Al cabo de cinco días, el sol nos había pelado una capa de piel de la cara a los tres, porque durante el recorrido de las cinco terrazas fuimos postrándonos también en todos los templos del camino: entrábamos en cualquier monasterio que apareciera en el mapa, y aunque no quedaran más que ruinas, el maestro quería que yo fuera a verlo; decía que era para forjar buenos vínculos kármicos. Por entonces, cada noche al volver las manos seguían picándome: la piel estaba cubierta de diminutas ampollas apretadas; además, la mano izquierda, que no se había quemado, empezó a enrojecer, a ulcerarse y a supurar igual que la derecha, aunque el picor todavía podía soportarlo. El maestro dijo que era el organismo expulsando toxinas; me dijo que comiera menos de lo habitual, que si podía no comer, mejor, que bebiera mucha agua y comiera frutas y verduras, y que meditara más, procurando mantener la calma y no enfadarme; así se formarían menos toxinas nuevas en el cuerpo.
Al volver del monte Wutai, mi cuerpo empezó a encontrarse mal de manera intermitente: a menudo no tenía ganas de comer ni de beber, el cuerpo entero se me quedaba sin fuerzas, como de algodón, y solía tener fiebre leve; pero después de descansar unos días en la cama, todo volvía a la normalidad. El maestro dijo que era la transformación de los canales de qi; explicó que, para completar la transformación de los canales de qi, una persona necesita pasar por cientos de transformaciones radicales de distinto grado, y que la energía necesaria para la transformación bastaría para hacer estallar varios planetas como la Tierra. Yo meditaba algo más de dos horas al día; durante un tiempo, el maestro estableció que debía meditar como mínimo ocho horas diarias, así que procuraba sacar tiempo de donde pudiera para sentarme. Bastaba con que el tiempo de meditación acumulado a lo largo del día llegara a ocho horas para dar por cumplida la tarea.
Pero el maestro decía que así la energía distaba mucho de ser suficiente: el problema principal era que, al levantarme de la sesión, los pensamientos e intenciones que brotaban volvían a consumir la mayor parte de la energía de la meditación. Por eso decía: «La transformación de los canales de qi exige transformar antes los pensamientos de la mente: cuanto más se vacíen los pensamientos, más energía podrá acumularse. Solo cuando la mente no mora en nada deja de disiparse la energía en grandes cantidades». Normalmente, una pequeña parte de la energía que acumulaba meditando la consumían los seis sentidos; cuando la mente se agitaba, se consumía la mayor parte. Aunque consiguiéramos permanecer en calma todo el día, si no alcanzábamos una mente libre de ataduras, a lo sumo solo se abría una parte de los canales de qi. Y si no se transformaban, los canales ya abiertos volvían a obstruirse. En ese proceso solíamos quedarnos dando vueltas una y otra vez.
Por mi propia experiencia en la práctica espiritual descubrí que, al principio, los canales central, izquierdo y derecho de los que habla el budismo esotérico no pueden verse por completo: están llenos de sangre, envueltos por los cien canales y enredados con los órganos internos; las vías de los canales están muy sucias. Cuando la práctica alcanza cierto punto, las vías empiezan a purificarse y solo entonces adquieren cierta forma; a veces se abren. Si se sigue practicando, las vías empiezan a llenarse de luz (cuando acumulamos energía hasta cierto punto, esta se transforma en luz). Solo entonces se manifiestan por completo los canales izquierdo, central y derecho, tal como dicen los libros: el canal central emite una luz azulada y rojiza. Como todos nuestros órganos nacen junto a los canales, una vez abiertos estos, es normal que los órganos se desplacen ligeramente; pero el movimiento es tan sutil que desde fuera resulta imposible percibirlo. Los principales entrelazamientos de los cien canales y de los tres canales son los chakras; estos, a medida que los canales de qi se transforman, se abren en distinto grado. Cada vez que se abre un chakra, aparece un poder sobrenatural distinto. A la gente corriente le resulta muy difícil abrirlos todos; a veces, con una buena práctica, solo se abre una parte de un chakra.
Las vías de los canales de todo nuestro cuerpo son tan numerosas como los ríos de la Tierra; no hay manera de contarlas. Si los canales de qi se abren por completo y además se transforman, cada una de nuestras células queda a la vez convertida en luz; eso ya rebasa el ámbito de los cinco ojos y los seis poderes sobrenaturales: se puede condensar y tomar forma, o dispersarse y volverse qi.
La mente y el cuerpo son interdependientes. La gente corriente solo puede comenzar por la transformación de la conciencia mental para alcanzar después la transformación fisiológica. Pero si cuenta con la ayuda de una fuerza externa, a veces, a través de la transformación fisiológica, se puede influir a su vez en la transformación de la conciencia mental. Mi proceso de práctica espiritual pertenece a este segundo caso. Durante aquella época, en la meditación o en sueños solían venir pequeños animales a visitarme o a pedirme ayuda: por lo general, para librarse de alguna calamidad o para que yo realizara su liberación; abundaban sobre todo las serpientes y los zorros. A menudo traían consigo ginseng, reishi o tesoros como recompensa para mí. Y yo, en samadhi, me los comía para aumentar mi energía. Una vez vino a ofrecerme un tesoro una serpiente negra, corta y gruesa; vi cómo escupía una perla verde oscuro. Pensé que era el elixir de la serpiente, y que si yo la cogía, ella moriría. En ese momento sonó una voz: «¡Cógela rápido y cómetela!». Así lo hice. De pronto aparecieron ante mí más de diez mil serpientes, y también tortugas; todas parecían muy emocionadas, saltando de alegría. El Rey Serpiente dijo que vivían desde hacía varios siglos en una ciénaga a unos cientos de kilómetros de mí, pero que ahora se les venía encima una calamidad: toda la familia estaba a punto de perecer; me rogaban que las salvara…
Después de aquello, mi maestro me dijo que, en adelante, si aquellos animales venían a ofrecerme cualquier cosa, debía aceptarla; si no la recibía, no podría establecer un vínculo con ellos ni ayudarlos a liberarse. Además, mi práctica espiritual exigía demasiada energía, y no era algo que pudiera reunir con unas pocas sesiones de meditación por mi cuenta. Lo que ellos ofrecían había acumulado energías de cientos e incluso miles de años: si lo comía, podía asimilarlas directamente. Solo había algunos inconvenientes: cuando esa energía se concentraba de golpe en mi cuerpo, durante un tiempo no lograba fundirse conmigo, y además había toxinas que expulsar, lo que me causaba molestias. Si la energía era demasiado intensa, a veces mis canales no podían transformarla a tiempo y me quedaba agobiada, sin poder respirar, incluso con escalofríos y sofocos alternados, inquieta e irritable. Mi maestro me enseñaba algunos métodos sencillos para regular y liberar la energía…
Olvidaba mencionar a mi protector: el Rey León. Me gustaba muchísimo; lo había traído mi maestro y me había acompañado sin separarse de mí durante más de tres años. Por la noche, cuando yo dormía, se echaba en silencio junto a mi cama. Tenía el pelaje blanco por todo el cuerpo, con cada pelo tan tieso como una aguja de acero, y medía más de dos metros de largo. Cuando yo meditaba, patrullaba de un lado a otro cerca de mí. Una vez, en plena meditación, un diablillo veloz como un rayo me arrebató de pronto el rosario que tenía ante el asiento; antes de que yo pudiera reaccionar, el Rey León ya lo había alcanzado y lo había partido en dos de un mordisco por la cintura. Me quedé mirando boquiabierta, y en mi interior le reproché que no tuviera ni pizca de compasión: al fin y al cabo, era solo un rosario; no hacía falta que lo mordiera con tanta crueldad. Pero el Rey León siguió a lo suyo y no prestó la menor atención a mis sermones. Una vez, en pleno sueño, el Rey León acercó de pronto su enorme cabeza hasta mi cara y me miró con unos ojos tan grandes como cencerros; aquella cara suya era, sin duda, la más aterradora del mundo entero. Del susto no me atrevía ni a respirar y, sin embargo, él no se decidía a apartar la cabeza de mi vista. En mi interior sabía que no tenía mala intención, pero estaba tan asustada que, en silencio, llamé a mi maestro para que me sacara del apuro… Desde entonces, el Rey León nunca volvió a hacer algo así y se volvió muy dócil. A veces le acariciaba el lomo con la mano; por la noche, cuando me acostaba, solía dejar la mano sobre su lomo, porque, aunque él estaba junto a mi cama, su lomo sobresalía un buen trecho por encima de ella. Era muy amable con los animalitos que venían a buscarme y, si yo tenía algo que hacer, los acomodaba en silencio a un lado para que me esperaran. Tres años después, mi protector pasó a ser el bodhisattva Weituo, y el Rey León me dejó. La protección del bodhisattva Weituo era distinta de la del Rey León: no podía verlo en todo momento; solo en la meditación, o cuando en la vida cotidiana me sobrevenía de pronto el miedo, aparecía de repente ante mí, y al instante dejaba de temer cualquier cosa. Una vez, durante la meditación, tomé una píldora de elixir que me había regalado un gran inmortal y todo mi cuerpo empezó a irradiar luz; entonces Weituo apareció de pronto a mi lado, me observó con atención y preguntó: —¿Por qué te sale una luz azul de la cabeza? Sonreí y le dije que era por la píldora que había tomado. Weituo dijo con seriedad: —La próxima vez que tomes una píldora, avísame; pensé que había ocurrido algo.
El maestro tenía más de ochenta discípulos que lo acompañaban habitualmente. El monje joven que la primera vez me llevó a ver al maestro era el hermano mayor; él y el segundo hermano solían venir a verme. Se mostraban como monjes corrientes, me llamaban «hermanita» y me traían cosas ricas para comer.
La consulta de mi hermano llevaba entonces tres o cuatro años abierta, pero desde que empecé mi práctica espiritual él solía acompañarme en mis salidas, así que quedaba a menudo cerrada. Se había vuelto algo negativo con respecto a la consulta: decía que yo acertaba tanto al diagnosticar las enfermedades que, por más que él tomara el pulso, jamás alcanzaría esa precisión; que si no podía ser un buen médico, no sería responsable hacia sus pacientes, y que pensaba dejar del todo la profesión. Pero tenía buen trato y cobraba poco, y los pacientes que acudían a su consulta solo tenían catarros, fiebres y cosas así, que se curaban en su consulta con una inyección y unas pastillas; así que cada vez eran más los que acudían a él. Algunos vecinos que vivían cerca de la consulta, cuando no tenían nada que hacer, también se reunían allí para charlar y jugar al ajedrez, y todos se sentían muy a gusto. Así que mi hermano fue poco a poco manteniendo abierta la consulta.
Una vez mi madre enfermó de gravedad y estuvo una semana en cama; le pusieron sueros toda la semana y no mejoraba lo más mínimo. Desde que tengo memoria, mi madre había estado llena de enfermedades: diabetes, cardiopatía congénita, neurastenia grave, adherencias intestinales, gastroptosis, pielonefritis… no había un solo día en que no viviera entre dolores. Mi hermano no sabía qué hacer y yo también estaba muy angustiada. En silencio recé por ella ante el Buda. Quizá por lo mucho que deseaba salvar a mi madre, aquella noche me desperté de pronto en mitad de la noche, sobresaltada; miré el reloj y apenas pasaban de las tres, pero ya no tenía nada de sueño, así que me levanté y me puse a meditar. En ese momento apareció de pronto en mi mente una pantalla de plata llena de luz blanca, y en ella se mostraba con claridad una receta. Me apresuré a coger papel y bolígrafo y la copié. Intuí que podía curar la enfermedad de mi madre. Al día siguiente fui a enseñársela a mi hermano, muy ilusionada: era la primera receta que yo emitía. Mi hermano la miró y dijo: —Algunas dosis superan con mucho las cantidades habituales, y la de arsénico es demasiado grande. ¿Debíamos dársela a mi madre? Nos miramos el uno al otro sin saber qué decidir. Entonces mi madre, que estaba en la habitación, oyó nuestras palabras sin saber cómo, y dijo: —No tengáis miedo; preparadme la medicina. Total, he tomado medicinas casi toda la vida y esta enfermedad no se cura; esta vez probemos con tu receta. Mi hermano se decidió de pronto y fue a prepararla. Al poco rato, la decocción estuvo lista y se la pusieron delante a mi madre. Con el corazón en un puño, la vimos beberla y volver a acostarse. Poco después se durmió; por lo visto, no había mayor problema. Durmió un sueño muy profundo, quizá porque llevaba varios días enferma sin poder descansar bien, y cuando despertó ya era mediodía. Se encontraba mucho mejor y enseguida se levantó de la cama y se puso a moverse. Tras las tres tomas, ya estaba igual que siempre. Así que mi madre fue la primera persona que tomó una medicina recetada por mí.
Mi madre se recuperó de momento, y yo estaba muy contenta, pero para entonces todavía no me veía a mí misma como médica: lo que aprendía en la meditación, pensaba yo, era una cosa completamente distinta de lo que hacía fuera de ella. Durante aquel tiempo también solía conversar con Li Shizhen y el maestro Huang; como eran seres en el estado intermedio, les puse en casa unas tablillas con sus nombres para rendirles culto. También los veía a menudo meditar en su estado intermedio: cada vez que se sentaba a meditar, Li Shizhen encendía un círculo de velas alrededor de su cojín y colocaba delante un cuenco medicinal amarillo con el borde dorado. Una vez, en mitad de su meditación, de pronto tuvo que salir por algo, y yo me senté a escondidas en su asiento para probar qué se sentía.
Apenas cerré los ojos, el latido de mi propio corazón resonó con un estruendo insoportable; el sonido de la sangre al fluir era como el de un arroyo, y también se oía el rumor de la rotación de la Tierra. Aunque en mis meditaciones habituales también oía esos sonidos, nunca eran tan fuertes. Aquella vez sentí que aquel ruido me impedía estar en calma ni un solo instante; además, el cuenco medicinal que tenía delante se llenó de grietas, y a mi alrededor se apagaron varias velas, como si las hubiera soplado el viento. Aterrorizada, me escapé de aquel cojín de un salto.
Li Shizhen no volvió a mencionar aquel asunto; cuando él meditaba, yo miraba a escondidas aquel cuenco medicinal y seguía intacto, sin ninguna grieta. Se lo pregunté a mi maestro, y me dijo que, si al sentarme a meditar lograba detener la respiración y el pulso, ese fenómeno no volvería a ocurrir. Li Shizhen también practicaba la espada; en la meditación lo veía a menudo danzar con ella y practicar caligrafía. Un día, Li Shizhen cambió por completo de aspecto: llevaba una túnica de monje, con la cabeza rapada e incluso las marcas de la ordenación. ¿¡Li Shizhen se había hecho monje!? Porque normalmente se mostraba con la apariencia de un médico de la corte imperial de la antigüedad. El maestro Huang dijo: —El maestro Li ha alcanzado la realización. Yo no sabía a qué estado correspondía esa realización y, muy contenta, compré frutas, encendí incienso y ofrecí licor como ofrenda, porque a los dos maestros, Huang y Li, les encantaba el licor. A partir de aquel día, Li Shizhen volvió a su aspecto de médico, pero noté que hablaba de un modo más sereno y magnánimo, y que su semblante era cada vez más digno y majestuoso; entre sus cejas irradiaba a menudo una luz roja.
Después llegaron varios maestros más, todos ellos célebres médicos de la antigüedad. Entre los que yo no conocía estaban un Rey de la Medicina del Tíbet y un médico de Japón. A cada uno que llegaba le rendía culto colocando una tablilla conmemorativa; todos eran seres en el estado intermedio. En mi meditación profunda solía verlos reunidos discutiendo una receta o hablando de asuntos de la práctica espiritual, y a menudo subían a las montañas a recolectar hierbas, aunque no podía comprender del todo sus actos. Desde aquella vez que receté a mi madre, empecé a ser conocida en mi propia casa: cuando alguien de la familia se sentía mal, ya no recurría a mi hermano menor, sino a mí.
Al principio, cada vez que tenía que recetarles, diagnosticaba de día y no era hasta la medianoche cuando, como la primera vez, se me formaba en la cabeza una receta. Con el paso del tiempo, también mis amigos y parientes empezaron a venir a que los atendiera; poco a poco, en cuanto terminaba de diagnosticar a un paciente, su enfermedad se me grababa en la mente y en ese momento la receta correspondiente fluía por sí sola de mi pluma. Al principio, al escribir, incluso ponía mal algunas letras de los nombres de las hierbas; y a medida que mi fama se fue extendiendo, sin darme cuenta me vi rodeada de pacientes y comenzó mi carrera de ejercer la medicina, curar enfermedades y salvar vidas.
Cuando el maestro Li Shizhen me explicaba la composición de las recetas, solía decir que en la antigüedad abundaban las hierbas medicinales naturales, mientras que hoy casi todas las hierbas de la medicina china se cultivan de forma artificial y son de peor calidad; además, ni la recolección ni el procesamiento son rigurosos, y el grado de humedad de las hierbas tampoco se ajusta a las normas, y sin embargo las enfermedades del hombre moderno son cada vez más complejas. Por eso me pidió que, al prescribir, muchas hierbas superaran con creces las dosis habituales que recoge el Compendio de Materia Médica, y que usara además algunas hierbas poco comunes y medicinas valiosas. Decía que en la antigüedad, por las dificultades del transporte, era muy difícil que las hierbas del sur y del norte se intercambiaran, y que algunas medicinas valiosas solo existían en el palacio imperial: el pueblo llano no podía verlas ni costearlas. Por eso las fórmulas que dejaron aquellos célebres médicos populares de la antigüedad se componían en su mayoría de hierbas baratas y comunes. Pero hoy la oferta de la medicina china es muy completa: cualquier hierba que aparezca en una receta, el enfermo normalmente puede conseguirla; y yo no prescribo aumentando o reduciendo fórmulas memorizadas, por lo que mi manera de medicar difiere mucho de la de los médicos chinos corrientes, y a menudo uso incluso hierbas tóxicas. Esto les planteaba a los pacientes algunos problemas: aunque entonces los atendía gratis y me esforzaba muchísimo, cuando llevaban mi receta al hospital o a otras farmacias no conseguían completarla, y las hierbas tóxicas además exigían un certificado, de modo que les resultaba muy incómodo hacerse con las medicinas. Por otra parte, algunas consultas eran irresponsables y la calidad de sus hierbas dejaba mucho que desear; incluso falsificaban algunas medicinas valiosas, lo que a mí también me tenía muy intranquilo…
Ante esta situación, mi hermano menor invirtió para comprar para su consulta casi un millar de las hierbas que yo solía emplear; para completar la compra tuvo que recorrer varias provincias y visitar e inspeccionar las empresas de productos medicinales de cada lugar, lo que resultó muy penoso.
De este modo, a los pacientes les resultó mucho más fácil conseguir las medicinas, y yo pude atender con tranquilidad. Además, en aquel entonces yo no tenía licencia para ejercer la medicina, así que no podía consultar en ninguna clínica. Quienes acudían a mí eran parientes que traían a amigos y amigos que traían a parientes; solo podía atenderlos en casa, y nunca les cobré nada. Cuando venían amigos de lejos, además se quedaban a comer y a dormir en casa. Cada día me quedaba menos tiempo para sentarme a meditar.
Me matriculé en el examen de autoaprendizaje para adultos de la especialidad de medicina china y, sin dificultad, obtuve el certificado de médico profesional. Antes de obtener ese certificado, ya había atendido gratuitamente a varios miles de pacientes, y las historias clínicas llenaban varias cajas grandes. Durante el ejercicio de la medicina le pregunté a Li Shizhen si me convenía estudiar unos años en una facultad de medicina. Él me respondió: «Nada de eso, nada de eso. No te metas en la cabeza esas ideas dogmáticas y rígidas. Ahora eres como una hoja de papel en blanco: lo que te enseñamos solo lo absorbes, y no sacas tus propias opiniones para discutir con nosotros; así nos resulta más fácil enseñarte.» Con estas palabras deseché la idea de ir a estudiar a una facultad de medicina china y, a la vez, sentí dolor por la decadencia de la medicina china de mi patria.
En mis más de diez años de experiencia clínica, suelo clasificar las enfermedades en cuatro tipos:
- Enfermedades causadas por el desequilibrio de los cuatro grandes elementos, es decir, las provocadas por el viento, el calor, la humedad y la sequedad de la naturaleza, así como por las emociones humanas; este tipo de enfermedades suele poder tratarse tanto con la medicina china como con la occidental.
- Enfermedades kármicas: se producen cuando una experiencia vivida por un ser vivo en una vida anterior ha dejado una huella tan profunda en su memoria que, tras el renacimiento, los meridianos de alguna parte de su cuerpo son de nacimiento distintos de los de los demás; en cuanto la resistencia del cuerpo disminuye o madura alguna condición kármica, la enfermedad estalla de repente. La medicina occidental normalmente no encuentra la causa de este tipo de enfermedades y suele diagnosticarlas y tratarlas mal. Por ejemplo, una persona fue en una vida anterior un león que se comió a un burro muerto por una enfermedad infecciosa; el león contrajo también la enfermedad y murió, y al morir se le cayó el pelo. En esta vida, pasados los cuarenta años, le sobrevino de pronto una enfermedad de la piel idéntica a la que padeció al morir en la vida anterior: en poco tiempo le aparecieron por todo el cuerpo grandes placas de psoriasis, con un picor insoportable, y ningún remedio casero de los muchos que probó le hizo efecto. Un día, sin querer, comió un plato de carne de burro y, en pocos días, la enfermedad de la piel casi desapareció por completo. Es una enfermedad kármica, aunque la recuperación en este caso resultó bastante especial.
Otro paciente fue capturado por los japoneses en una vida anterior y dado de comer a los mosquitos; al renacer como ser humano en esta vida, llevaba de nacimiento veneno de mosquito en los meridianos. Desde los treinta años le salieron pequeñas ampollas por todo el cuerpo y en la cara; al rascarlas se ponían duras, se ulceraban y picaban muchísimo. Hubo también un paciente que en una vida anterior fue un pez que murió atrapado en un trozo de malla de alambre. Tras renacer en esta vida, el recuerdo de aquella enfermedad permaneció en sus meridianos; un día, de pronto, la cintura y las caderas empezaron a dolerle con violencia. En el hospital le hicieron una ecografía y un TAC y no le encontraron nada; solo lo trataron como si padeciera una afección del sistema nervioso o reumatismo. En realidad, también es un tipo de enfermedad kármica.
- Invasión de factores patógenos externos. En la naturaleza mueren pequeños seres vivos a cada segundo; tras su muerte siguen existiendo en el espacio en forma de ondas biológicas, aunque no ocupan espacio. Debido al uso masivo actual de los dispositivos modernos, como teléfonos móviles y ordenadores, así como a la contaminación del aire, el clima y otras causas, su espacio vital sufre cierta perturbación. De este modo, si el cuerpo de una persona presenta un ligero desequilibrio de yin y yang en algún órgano, en cuanto la frecuencia de vibración de la onda biológica de su cuerpo coincide con la de ellos, sin importar que estén a miles de kilómetros, se adhieren a su cuerpo en un instante. Con el paso del tiempo, el daño que causan a los órganos es considerable. Por ejemplo, hubo dos pacientes con sanguijuelas adheridas al cuerpo: una se adhirió al hígado y provocó una anemia hemolítica cuya causa el hospital nunca logró determinar. La segunda se adhirió al bazo: los meridianos del jiao medio quedaron bloqueados y el paciente no podía comer. Tenía el bajo vientre hinchado, y el bazo empezó a agrandarse y a quedarse sin riego sanguíneo; el hospital le extirpó el bazo, pero la enfermedad no se curó, porque la sanguijuela seguía en los meridianos de su bazo. En casos de factores patógenos externos adheridos al cuerpo como estos, hay que expulsarlos de los meridianos para que el paciente pueda recuperarse por completo.
- Posesión por espíritus externos. Algunos demonios, espíritus, entes y seres extraños del universo se adhieren al cuerpo del paciente, siempre por algún vínculo kármico con él. La gran mayoría de estos pacientes muestran una actitud anómala frente a la gente corriente: lloran y ríen a la vez; en los casos graves pierden la razón y dicen disparates. Esto se debe a que esos espíritus externos ya controlan su sistema nervioso (hay pacientes con esquizofrenia que presentan los mismos síntomas, pero la causa es distinta, por lo que no todo enfermo mental pertenece a esta categoría). Este tipo de enfermedad, si se logra diagnosticar con claridad, es en realidad la más fácil de tratar: en cuanto el espíritu externo se marcha, el paciente se cura. Si la enfermedad es reciente y el sistema nervioso no ha sufrido daños, ni siquiera hace falta tomar medicación. Pero lograr que esos espíritus que se adhieren al cuerpo se vayan no es nada fácil: hay que resolver los enredos que mantienen entre ellos desde vidas pasadas y en la presente, ayudarles a disipar rencores y deudas pendientes y, en caso necesario, el médico debe ayudarlos a saldar sus deudas con sus propios méritos y virtudes, con capacidad para salvarlos y liberarlos. Por ejemplo, una paciente llegó a la consulta bailando, cantando y hablando de forma incoherente. Sus familiares dijeron que llevaba más de veinte años así. Esa paciente pertenecía al caso de posesión por espíritus externos. Durante el diagnóstico conversé con el espíritu que la poseía, le expliqué la razón, le ofrecí cierta compensación y disolví el vínculo kármico que lo unía a la paciente; entonces el espíritu externo se marchó. Le receté cuatro dosis de medicina para regular sus nervios y su mente; tras tomarlas, la paciente se curó y, desde entonces, han pasado varios años sin que haya vuelto a recaer. Hubo también otro paciente de esta misma categoría, pero como su cuerpo estaba muy débil antes de enfermar, cuando el espíritu se marchó su sistema nervioso quedó gravemente dañado; además sufría insomnio, tensión arterial muy alta y una pequeña acumulación de líquido en el cerebro, y necesitó más de medio año de cuidados para recuperarse casi por completo. Por eso, cuanto antes se trata este tipo de enfermedad tras su aparición, menos secuelas deja en el paciente.
Además de estas cuatro causas habituales, hay también las grandes epidemias de la naturaleza: algunas epidemias proceden en realidad de otra dimensión. Por ejemplo, hubo una gran pitón que, en su práctica, se había alimentado de innumerables venenos; llevaba más de diez mil años de práctica espiritual, pero la invocación del karma colectivo de la humanidad (que proviene de quitar vidas y del agravamiento de la codicia, el odio, la ignorancia, el orgullo y la duda) destruyó su entorno de práctica. Durante su migración, contaminó sin querer nuestra dimensión: allí por donde pasaba, toda la vegetación quedaba destruida, y sobre la Tierra aparecieron, en algunas zonas, campos de niebla venenosa de color rojo. Esos venenos entran en los canales de nuestro sistema respiratorio y, al combinarse con distintos pacientes, generan distintas cepas bacterianas mutadas; o, en los casos graves, corroen directamente los canales de los pulmones sin tiempo siquiera de formar bacterias, y acaban por dañar nuestra función pulmonar. La medicina moderna solo puede comprobar el estado ya manifiesto de la enfermedad en el paciente; es incapaz de conocer las causas profundas por las que enferma la población. Otro ejemplo: también la invocación de nuestro karma colectivo destruyó el hábitat de los escorpiones de otra dimensión, y de pronto aparecieron en gran número en un lugar, provocando una epidemia de envenenamiento masivo de aves de corral. Por eso, la purificación del campo del universo es una necesidad de los tres reinos. Para la humanidad, cometer menos actos que quiten vidas y hacer que cada persona abrigue más pensamientos bondadosos contribuye en gran medida a purificar el universo.
En realidad, según la doctrina del Buda, todas las enfermedades son la manifestación de nuestro karma, porque nuestro cuerpo es, por naturaleza, un cuerpo de retribución kármica. Pero en el mundo sahā el karma se manifiesta inducido por distintos vínculos causales, y solo así maduran las semillas kármicas. Mi clasificación de las enfermedades no es más que una división terapéutica según los distintos vínculos causales que las desencadenan.
Varias de las enfermedades descritas arriba pueden presentarse a la vez en un mismo paciente y formar síndromes en los que concurren varias de ellas. En estos dos últimos años, los pacientes con estos síndromes han aumentado de forma vertiginosa, sobre todo entre las personas de mediana edad y mayores de cuarenta años.
Cuando diagnostico enfermedades consumo mucha energía. Al principio atendía a diez pacientes cada mañana y por la tarde tenía que meditar sentada unas ocho horas para reponer esa energía. Más tarde, a medida que crecía mi estabilidad meditativa, me bastaba con dos horas diarias; pero el desgaste de la energía del corazón era considerable: a veces, de tan agotada, el corazón me temblaba, y además perdía mucho cabello. Sin embargo, el proceso de la práctica espiritual es en sí mismo un proceso de renuncia al yo y de entrega desinteresada. Para tejer buenos vínculos con muchas personas y alcanzar la plenitud del mérito, no le doy importancia a nada de esto. Lo que más me duele es la incomprensión de los pacientes: algunos no tienen ninguna enfermedad, pero acuden a la consulta para ponerme a prueba o por diversión. Cuando empecé a atender consultas, esto ocurría todos los días; aun así, procuraba examinar a cada paciente con detenimiento y por todo el cuerpo, y de forma gratuita. Lo que me consuela es que todos esos pacientes se marchaban muy satisfechos y me pedían disculpas. Además, casi el ochenta por ciento de los pacientes, cuando les diagnostico, no quieren contar su dolencia. Así, aunque lo que les duele es la pierna, no dicen ni una palabra, y yo tengo que examinarlos por completo, de dentro a fuera y de arriba abajo, hasta que por fin llego a la pierna. Muchos pacientes solo se fijan en mi método de diagnóstico y lo encuentran especial; pero yo creo que lo más importante es mi tratamiento. La singular combinación de hierbas de la medicina china que aprendí de mi maestro sin duda traerá buenas nuevas a todos los pacientes con los que tenga un vínculo.
En realidad, la actitud de los pacientes es comprensible; no pretendo culpar a nadie aquí, pero cuando estoy demasiado cansada me asalta la idea de no querer ejercer la medicina. En esos momentos, mi maestro me consolaba y me animaba: «No temas que los pacientes no te comprendan ni confíen en ti: es que tus propios méritos aún no están completos, y además la codicia, el odio, la ignorancia, el orgullo y la duda de los seres sintientes son ya de por sí muy fuertes. Puesto que has hecho el voto de recorrer el camino del bodhisattva, debes tratar a cada ser sintiente como a un familiar tuyo: atormentados por el sufrimiento de la enfermedad, no puedes quedarte de brazos cruzados si entiendes de medicina. Es cierto que también hay quien engaña ejerciendo la medicina, y los pacientes temen ser engañados; déjalo todo en manos del karma, y los enfermos con los que tengas afinidad confiarán en ti de forma natural y sanarán con tu tratamiento.»
Durante el ejercicio de la medicina seguía procurando sacar tiempo para la meditación sentada y la práctica del samādhi, y también leía sutras budistas. El único sutra que mi maestro me recomendó leer fue el Sutra de Vimalakīrti. En ese periodo, en mi meditación, a veces también empleaba los mantras y los mudrās del budismo esotérico para ayudar a abrir los chakras. Con frecuencia, en el samādhi, recordaba métodos de práctica y verificación, y los adoptaba para estudiarlos y practicarlos yo misma. A mi maestro no le importaba demasiado qué método estudiara yo; solo decía: «Los métodos no son ni correctos ni incorrectos, ni buenos ni malos; basta con que la visión sea correcta.» En el samādhi también aprendí el método de la Santa Madre de Bashan con una maestra, y con el Venerable Celestial del Origen Primordial aprendí el arte femenino de la alquimia interna de nivel superior. (Por eso, en el samādhi también aprendí con el Venerable Celestial del Origen Primordial el arte femenino de la alquimia interna de nivel superior, y con otra maestra, el método de la Santa Madre de Bashan.)
Mi maestro me comunicó que la tercera peregrinación a la montaña sería al monte Emei, el recinto sagrado del bodhisattva Samantabhadra. Esta vez me acompañó mi hermano menor. Aunque en casa hubo algunas objeciones, la oposición no fue vehemente. Mi maestro dijo que era el mérito de haber guardado el «precepto de la paciencia». Me quedé medio mes en el monte Emei; nos alojábamos en los templos que había a lo largo del camino: avanzábamos contemplando el paisaje, entrábamos en los templos que encontrábamos y, cuando anochecía, nos hospedábamos en el templo más cercano. Lo que más me impresionó del monte Emei fue que la comida vegetariana de sus templos era deliciosa y que el paisaje era bellísimo. En la Cumbre Dorada vi al bodhisattva Samantabhadra: ella también regresaba de un lugar lejano y, al verme, saltó del lomo de su elefante blanco. Se manifestaba con la apariencia de una doncella en plena juventud, con el cabello recogido en muchas trenzas pequeñas atadas con cintas de colores. Era muy cálida y de risa sonora; tomamos té y charlamos juntas y, al despedirme, me regaló muchos sutras y presentes.
Poco después de regresar del monte Emei, volví a recibir el aviso de mi maestro para peregrinar al monte Jiuhua, el recinto sagrado del bodhisattva Kṣitigarbha. De nuevo buscamos alojamiento en los templos, pero en la cima del monte Jiuhua ocurrió un incidente desagradable. Yo tenía muchas esperanzas de alojarme en el templo de la cima del monte Jiuhua; mi hermano fue a la oficina de huéspedes de ese templo a solicitar alojamiento, y el monje encargado, que en ese momento estaba enfadado por algo que no sabíamos qué era, le respondió furioso que no. Mi hermano quiso rogar una vez más, y el monje se enfadó todavía más: se puso a insultar a gritos y quiso echar a mi hermano del templo. Yo, de pie a la puerta de la oficina de huéspedes, me sentí muy afligida: ¿cómo podía un monje comportarse así? Por no hablar de la compasión y los medios hábiles: no tenía ni la cortesía más elemental.
Bajamos entonces de la cima y nos alojamos en un templo bastante apartado, no lejos de la cumbre. Por la noche, en el samādhi, subí a la Cumbre Dorada, y el bodhisattva Kṣitigarbha salió. Se manifestaba en forma masculina, de gran estatura y semblante majestuoso, con un bastón de monje en la mano y un porte de realeza. Al mencionar lo ocurrido durante el día, le dije: «¿Cómo pueden ser así tus discípulos?» El bodhisattva, sin darle importancia, respondió: «¿Así? Pues mis discípulos son así. ¿Por qué insistías en alojarte en la cima?» Le dije que sentía que el campo de energía era bueno allí y que quería sentarme a meditar por la noche. El bodhisattva dijo: «Si no hubieras hecho distinciones ni te hubieras enfadado por este asunto, ya habrías estado sentada en la cima toda la noche.» Al oírlo, fue como si despertara de un sueño, y en mi interior no dejaba de sentir vergüenza. ¿Desde cuándo me había vuelto tan apegada a las apariencias? Más adelante, en el samādhi, vi al bodhisattva Kṣitigarbha varias veces más; se manifestaba con formas distintas, pero ninguna tan seria, de habla tan brusca y descortés como aquel día; al contrario, era muy bondadoso y afable.
Después de peregrinar a los cuatro grandes lugares sagrados del budismo, pasé aún algo más de dos años en casa dedicada a la práctica espiritual y a la medicina. A veces subía al monte Wutai para hacer retiros breves; durante esos retiros, a veces no comía y otras veces comía una sola comida al día. Todo el tiempo lo empleaba en meditar sentada o en leer; en realidad no se trataba de retiros propiamente dichos, sino de apartarme durante unos días del ajetreo del mundo y de las interferencias de las pasiones y los deseos, y pasar unos días de serena práctica espiritual.
Recuerdo que un invierno me alojé en una pequeña posada del monte Wutai. Solía quedarme de pie en el balcón del segundo piso contemplando el paisaje nevado. Cada mañana veía a un monje vestido con harapos que se postraba a cada tres pasos en dirección al pico Dailuo. Por entonces sentía cierto prejuicio hacia quienes se empeñaban en practicar austeridades, pues creía que aquello era buscar el Dharma fuera de la mente. Un día el maestro me pidió de pronto que subiera al Dailuo postrándome a cada paso. Supuse que el maestro se había enterado de que yo había albergado pensamientos discriminatorios hacia aquel monje y que se disponía a castigarme. El pico Dailuo tiene mil ochenta escalones; la noche anterior había nevado y sobre ellos se había acumulado una capa gruesa.
Me puse el chaquetón y los pantalones acolchados, me calcé unos guantes y empecé a subir. El maestro me dijo: «No pienses en nada; relaja el cuerpo y la mente y recita en voz baja: “Namo, Bodhisattva Mañjuśrī de la Gran Sabiduría”». Naturalmente, así lo hice. Otras veces había subido al pico Dailuo en muchas ocasiones y siempre me quedaba sin aliento al llegar a la mitad. Pero en aquella ocasión, cuanto más subía, más a gusto me encontraba, como si me hubiera postrado unas cuantas veces sobre un terreno llano. A mitad de camino pasaron junto a mí unos turistas, y oí que uno de ellos decía: «Pobrecilla, lleva la ropa de algodón empapada». Otro añadió: «¡Quién sabe para qué se afana tanto!». Al oírlos, me entraron unas ganas enormes de ponerme de pie y decirles: «No me cuesta nada: estoy muy a gusto».
Sentí que la energía de todo mi cuerpo se reavivaba como un glaciar que se deshiela. Todo el cuerpo se me llenó de un calor agradable, el cuerpo y la mente se me expandieron y el rostro se me iluminó de alegría. Al llegar a la cima, descubrí que mi respiración era larga y profunda, como si acabara de entrar en samādhi, y vi que en mis ojos, en mi boca y en mis oídos florecían lotos uno tras otro.
Desde entonces, cuando veo a alguien que practica austeridades, siento aprobación en mi corazón y me regocijo con ellos. Quizá jamás lleguemos a comprender sus experiencias; cualquier método de práctica, si te resulta adecuado, es el mejor.
Después viajé al Tíbet junto con mi hermano menor y un amigo. En el Palacio de Potala conocí al maestro Tsongkhapa, quien me explicó algunos métodos del budismo esotérico. Al pasar junto a una habitación donde se transmitían las enseñanzas esotéricas, le pregunté riendo al maestro Tsongkhapa: «¿De verdad hay algo secreto que transmitir?» El maestro respondió: «Claro que existen enseñanzas esotéricas; si no me crees, entra y te las transmito.» Lo seguí hasta la habitación y vi que se sentó en un asiento frente a mí. Yo permanecí de pie ante él. De pronto se volvió sumamente solemne, y al instante aquella atmósfera me envolvió a mí también, llenándome de reverencia. Vi cómo de su boca brotaban lentamente estas palabras: «Sin codicia… sin ira… sin ignorancia… sin arrogancia… sin duda». Cada vez que pronunciaba dos caracteres, una luz blanca como una cascada me envolvía de golpe de la cabeza a los pies y me purificaba. Cuando terminó, mi cuerpo y mi mente quedaron resplandecientes, mi espíritu se sumió en una paz serena y todo mi ser quedó por completo purificado…
Durante una de mis meditaciones me adentré en las profundidades del Himalaya. Allí vi dos pilares de hielo de forma cónica, muy pulidos, huecos por dentro y con una abertura en la parte superior. Supe que había gente en su interior, así que entré por la abertura de arriba para visitarlos. Efectivamente, dentro había un practicante sentado. Al verme se alegró mucho y me hizo algunas preguntas con gran amabilidad. Me contó que en el otro pilar de hielo vivía su hermano mayor y que ambos practicaban el mahamudra del budismo esotérico; llevaban más de trescientos años allí. Dentro hacía tanto frío que el aliento se convertía en hielo, y nuestra conversación fluyó con gran compenetración. En aquel entonces estaba en plena transformación de mi chakra del corazón y sentía un fuerte dolor en el pecho. Me miró y dijo: «Ten cuidado: las toxinas de los canales podrían atacar tu corazón; te falta energía.» Luego me pidió que extendiera las manos y presionó sus palmas contra las mías; al instante, una corriente poderosa como una descarga eléctrica pareció extenderse desde su cuerpo por todo el mío.
Esto duró aproximadamente media hora. De pronto retiró las palmas y, con un hilo de voz, me dijo: «Acabo de inyectar toda la energía de mi cuerpo en tus canales. Espero que alcances pronto la plenitud y difundas ampliamente el Dharma.» Me quedé atónita y por un momento no supe qué decir. Él volvió a sonreír y añadió: «No es nada. De todos modos tenía previsto alcanzar el parinirvana en estos días, así que esta energía ya no me sirve de mucho. Me marcho; por favor, ve al otro pilar y avisa a mi hermano mayor.» En un abrir y cerrar de ojos me encontré dentro del otro pilar de hielo y le dije al hombre de allí: «¡Tu hermano menor va a alcanzar el parinirvana!» Al oírlo, aquel hombre se elevó en el aire y desapareció fuera del pilar. Al cabo de un rato regresó con cierta tristeza en el rostro. Me miró con ojos de reproche y murmuró entre dientes: «Ni siquiera se ha despedido antes de partir.» Con el corazón apesadumbrado, le relaté de nuevo lo sucedido. Tras escucharme, meditó largo rato y dijo: «No estés triste, no es culpa tuya. Tú y nosotros estamos unidos por un vínculo de afinidad; ya llevamos más de trescientos años en el mundo humano y también nos toca partir. Nos alegra haber podido ser de alguna ayuda para tu práctica espiritual antes de irnos.» Dicho esto, de pronto se lanzó en el aire y quedó suspendido cabeza abajo, apoyando su cabeza contra la mía. Comprendí al instante su intención y quise impedirlo, pero ya era tarde: mi cabeza parecía pegada a la suya y me resultó imposible detenerlo. Su energía se vertió desde lo alto de su cabeza con una fuerza arrolladora. En apenas unos minutos se giró desde mi cabeza, se sentó en la postura del loto y alcanzó el parinirvana. Me quedé sentada a su lado, inmóvil, con el corazón agitado por oleadas de emociones. Cuando por fin me tranquilicé, invoqué en silencio a mi maestro. El maestro apareció fuera del pilar de hielo; ya conocía todo lo que acababa de suceder. Me pidió que me postrara varias veces ante el pilar… En el Himalaya tuve todavía algunos encuentros extraordinarios que, al recordarlos hoy, siguen conmoviéndome profundamente. También me hacen pensar a menudo que he dado demasiado poco a los demás. Pasé más de veinte días en el Tíbet.
Al regresar del Tíbet, la transformación de mi cuerpo fue bastante intensa, y lo más doloroso fue la apertura y la transformación de los canales de energía de la garganta. Quedé postrada en cama, sin la menor fuerza en todo el cuerpo: no podía hablar ni comer, y hasta beber agua era como si una cuchilla de acero me raspara la garganta y el esófago. Con gestos y por escrito les hice saber a mis familiares que no se preocuparan por mí. Cada noche, a medianoche, los canales de energía de mis dos pulmones se hinchaban de repente, como si de pronto inyectaran aire en los pulmones con un inflador. En esos momentos tenía que ponerme en cuclillas o arrodillarme de inmediato en la cama; era un dolor que no se puede expresar con palabras. De no haber estado mi maestro a mi lado animándome, creo que me habría derrumbado de puro sufrimiento. Así estuve medio mes, hasta que todos los síntomas desaparecieron de pronto de la noche a la mañana. Me sentía llena de energía y ligera por todo el cuerpo. Cuando a la mañana siguiente volví a sentarme erguida en el cojín de meditación del salón, las lágrimas de emoción cubrieron mi rostro: por fin podía volver a meditar sentada. Junto al edificio donde vivía entonces había una central eléctrica que cada mañana, a partir de las tres, expulsaba gases residuales por su gran chimenea; por eso, por las mañanas, el aire de mi casa era el peor. Pero aquel día, mientras meditaba, cuando aquellos olores acrees llegaron a mis fosas nasales, descubrí de pronto que se habían transformado: en mi garganta se volvían frescos y ligeramente dulces, como si estuviera respirando oxígeno puro. Mis pulmones parecían haberse convertido en un purificador de aire. Entusiasmada, le conté la noticia a mi maestro, pero él, sin darle importancia, dijo: «No te alegres. Los canales de energía de tu garganta no se han transformado por completo; tus chakras solo se han abierto en un tercio. Algunos canales volverán a obstruirse. Ya hablaremos de eso más adelante.»
La transformación de los canales de energía de los oídos no fue muy dolorosa. Lo primero fue un entumecimiento e hinchazón en la zona de la nuca; durante la meditación, en mis oídos resonaban explosiones y trinos de pájaros, y la audición de ambos oídos disminuyó y se volvió torpe. A veces, durante la meditación, de mis oídos emanaban luces en forma de cono e imágenes invertidas de todo tipo. En cierta ocasión, durante la meditación, vi al bodhisattva Manjushri llegar con un niño que dijo que iba a limpiarme los oídos. El niño sostenía un cuenco con agua; Manjushri se transformó en un monje anciano y, con no sé qué instrumento, me limpió el interior de los oídos. Solo veía que de mis oídos manaba de vez en cuando una sustancia viscosa y sucia. El agua que usaba Manjushri era el agua de las ocho cualidades, recién traída de la Tierra Pura del Oeste. En ese momento, dos ancianos pasaban casualmente por allí y, al acercarse a mí, se detuvieron tapándose la nariz y exclamaron: «¡Qué pestilencia!», mirándome con desagrado. Al oírlos, el niño les dijo: «No sean groseros.» Los dos ancianos callaron y se limitaron a quedarse a un lado, observando en silencio con la nariz tapada. Me pareció que el bodhisattva Manjushri estuvo limpiándome durante media hora aproximadamente antes de marcharse. Al salir de la meditación me sentí de inmediato fresca y despejada, aunque con un ligero dolor en los oídos. Unos días después, estaba de pie al borde de la carretera esperando un taxi. De pronto, todo el bullicio de la calle se convirtió en el sonido de las olas del mar, que tanto me gusta. Los coches, la gente y los edificios que fluían incesantes ante mí se volvieron como un espejismo, y hasta yo misma quedé fundida en aquella imagen. Me quedé quieta, con el cuerpo y la mente fundidos en el sonido de las olas, sin sentir cómo pasaba el tiempo, trascendiendo toda noción de espacio…
En mi meditación podía completar rápidamente todos los métodos de práctica, pero sentía que la transformación de mis canales de energía fisiológicos avanzaba paso a paso y muy lentamente. Hasta ahora, me gustaría escribir brevemente las pautas de mi transformación fisiológica. Al principio, cuando me sentaba a meditar, solo aprendía y jugaba entre diversos estados de conciencia. (Creo que esto se debía solo a los vínculos kármicos de mis vidas pasadas y a la ayuda de mi maestro). Tras aprender cuanto me transmitieron los maestros, mi experiencia de meditación no se diferenciaba de la de cualquier otra persona. Solo que yo entraba de inmediato en el plano de la luz, y los estados y los pensamientos eran cada vez menos: la mayor parte del tiempo permanecía en una luz blanca inmóvil y serena. A veces sentía que me había convertido en luz, y no veía ninguno de los canales de los que hablan los libros. Pero otras veces, durante la meditación, podía ver mi propio cojín. Permanecía en una luz blanca o en una luz sin color alguno, y solo después de más de un año así comencé a vislumbrar la aparición de mi canal central, mi canal izquierdo y mi canal derecho; veía mis órganos, mis miembros y mis cien canales, y oía los latidos de mi corazón como truenos. El sonido de la sangre al fluir era como un riachuelo cantando alegremente, y también oía el girar de la Tierra, el eco del vacío del universo y mi propia respiración; además olía el hedor que desprendían los poros de todo mi cuerpo, y sentía que el cuerpo humano es realmente tosco e insoportable. Durante ese tiempo sentí un gran hastío del mundo y en mí surgió un fuerte deseo de renuncia. Con el avance de mi dominio de la meditación, mi mente se fue concentrando cada vez más y todo lo anterior dejó de perturbarme, aunque todavía surgían pensamientos. De pronto, un día sentí que mi respiración pulmonar se detenía: era la respiración de tortuga y la respiración fetal que aparecían una y otra vez en mi chakra coronario y en mi bajo vientre. Algún tiempo después, la coronilla se me refrescaba a cada instante, aproximadamente una vez cada pocos minutos; más adelante, la respiración fetal desapareció y pareció que un soplo de energía se detenía en la zona de las vértebras torácicas; no estaba en el canal central, sino en la columna vertebral. Ese soplo de energía quedaba estancado e inmóvil, y podía hacer que uno no comiera, no bebiera ni respirara, como si pudiera permanecer sentado todo el tiempo que quisiera. Desde el momento en que se detuvo la respiración, ya no pudieron surgir más pensamientos dispersos. Después de que la respiración fetal se manifestara durante un tiempo, se encendía el fuego interior y el bajo vientre se calentaba; en ese momento, si la práctica habitual de la contemplación (es decir, el buen dominio del surgimiento de los pensamientos e intenciones) se aunaba con el dominio de la meditación, con la aparición del calor se ponía en marcha la respiración verdadera, y solo sentía que todos los canales se llenaban de una energía verdadera tibia y vaporosa. Todo el cuerpo se sentía cálido, blando y maravillosamente a gusto, y al mismo tiempo el corazón se llenaba de una alegría incomparable. Esta es una pequeña parte de los cambios fisiológicos que he experimentado en mi práctica y realización; creo que a todo el que practica y se realiza le suceden cosas así, y la transformación fisiológica impulsa también la transformación psicológica, purificando así los hábitos y despertando la sabiduría. Además del dominio de la meditación, lo más importante para que se acumule la energía que transforma lo fisiológico es la vastedad de la mente. En cierta ocasión leí en un sutra que en un poro hay un mundo; no podía comprender ese estado y pensaba: ¡qué enorme tendría que ser el cuerpo! Y ¿cómo iba a ser posible ver en un instante lo que sucede en cada poro y en cada mundo? Cuando en una de mis meditaciones experimenté de pronto ese estado, sentí que me convertía en un gran espejo circular y veía en cada poro de mi cuerpo carnal a un ser vajra sentado o de pie; la expresión y los gestos de cada uno se veían con total claridad. Veía los tres mil grandes mil mundos como una fruta en la palma de la mano, todo claro de un solo vistazo. Lo importante fue comprender que mi cuerpo no se agrandaba, sino que la amplitud de la mente abarca el gran vacío: es tan vasta que no tiene exterior y tan sutil que no tiene interior. Aunque antes había leído aquel pasaje del sutra, siempre había sido como humo que pasa ante los ojos. Pero una sola experiencia real me sirvió para toda la vida. En ese momento supe de verdad que este cuerpo carnal, con su nombre y su forma, es el yo ilusorio; reconocí la verdadera naturaleza original del yo verdadero, y comprendí de golpe los gong’an del budismo chan, como «resulta que la monja es una mujer» o «resulta que las fosas nasales apuntan hacia abajo», y no pude evitar reír a carcajadas. Cuando salí de aquel estado de concentración, lloré, dando gracias a mi bondadoso maestro y a la compasión de todos los budas y bodhisattvas.
Mis amigos me decían: «En estos años de práctica espiritual has aportado muy poco a tu familia, y ahora quieres irte a Cantón, a mil li de distancia, haciendo que tus padres se preocupen por ti y te echen de menos. Como dice el refrán: «mientras los padres viven, el hijo no viaja lejos». ¿No es demasiado egoísta actuar así?». Les respondí que hay muchas formas de corresponder a la bondad recibida. Viví con mis padres más de veinte años, y no por estar a su lado dejaron de preocuparse, de sufrir ni de verse atormentados por el dolor y la enfermedad. Innumerables veces vi a mis padres luchar en el remolino de las aflicciones sin poder hacer nada. Ambos pasan ya de los sesenta años y les queda poca vida; no sé si en su lecho de muerte podrán renacer en la Tierra de la Dicha Suprema que anhelan. Creo firmemente en la ley de causa y efecto; mi piedad filial consiste en liberar a mis padres del ciclo de renacimientos, vida tras vida, para que, vida tras vida, dejen de padecer aflicciones.
Aunque hablaba así, al emprender el viaje, mirando a mis ancianos padres y a mi hijo pequeño, mi corazón libraba en silencio una lucha. Lo único que podía hacer era dedicarles todos los méritos de mi práctica espiritual, dedicarlos también a todos aquellos que me habían brindado ayuda y amor…
En Cantón sentí su grandeza y su capacidad de acogida, y comencé a querer esta ciudad.
En Cantón establecí vínculos con la gente ejerciendo la medicina. Seis meses después, tomé la resolución de ayudar a construir un lugar de práctica en un monasterio de cierta zona de Cantón, pero por diversas razones las cosas no salieron como deseaba. Pensé: mi intención era buena, ¿por qué entonces los budas y bodhisattvas no me bendijeron y permitieron que maduraran las condiciones adversas? Al examinar con atención el surgimiento de mis pensamientos e intenciones, descubrí que estaba aferrada a los «vínculos»: solo sentía afinidad con algunos maestros, y además aquel monasterio era un lugar de práctica que me gustaba. En cuanto uno se aferra, sus pensamientos se desvían del camino, y es natural que maduren las condiciones adversas. Antes creía que solo los lugares «con el camino» eran lugares de práctica; en realidad me inclinaba por los «vínculos», por la pureza, por la solemnidad, por una práctica y realización visible, por los métodos condicionados. Cuando salí del monasterio, desperté en un instante: en los tres mil grandes mil mundos, ¿qué lugar no es un lugar de práctica? ¿Qué lugar no es la manifestación del camino? «En una flor hay un mundo; en una hoja, un tathāgata». Lo había recitado antes, pero nunca lo había experimentado con tanta profundidad como en aquel momento. Al volver al bullicio de la ciudad, me sentí como pez en el agua. El mundo terrenal es el lugar de práctica más grande y más perfecto; solo del lodo puede nacer el loto sagrado. Una persona verdaderamente perfecta, con solo formar un pensamiento, puede influir en los tres reinos. El lugar de práctica está en su cuerpo, su palabra y su mente. Enseñar el Dharma ante una persona o ante miles de personas no presenta diferencia alguna. Cuando te conviertes en la manifestación del camino, todos tus pensamientos e intenciones enseñan el Dharma, y lo que dices es como un rugido de león: ¿qué sentido tiene hablar de «difundir el Dharma»?
Ahora tengo muchos amigos en Cantón, y casi siempre me preguntan lo mismo: ¿por qué viniste a Cantón? A veces les doy alguna excusa para salir del paso, pero lo que quiero decir aquí es esto: si comprendes aunque sea un instante qué son la igualdad, el amor universal y la compasión, todas tus acciones dejan de tener motivo, y ya no le preguntarás a tu maestro por qué. A lo largo de todo el proceso de práctica espiritual podemos dejar atrás la familia, la carrera, los amigos, la fama y las riquezas, y todas las demás cosas externas; pero al final descubrimos que no podemos dejar atrás nuestro propio yo. El proceso de romper el apego al yo consiste en ver impotente, con los ojos bien abiertos, cómo uno muere y es engendrado de nuevo. Ese es el verdadero y perfecto fruto de la budeidad. Para alcanzar ese estado, debes entrar en el nivel del amor universal y de la gran compasión; de lo contrario, jamás alcanzarás la plenitud. En esa cualidad de ausencia de yo, todas las acciones son solo la necesidad de las causas y condiciones.
En marzo de este año concluí la visita al último gran campo de práctica del budismo chino: el monte Jizu, en Yunnan. Nuestro grupo de cinco se alojó primero en un pequeño templo al pie de la montaña, el templo Fangguang, y al día siguiente fuimos a la Puerta de Huashou. El camino era bastante escarpado, y cuando llegamos a un pequeño templo todos estábamos agotados y sin aliento. Vi escrito en la puerta del templo: «Todo lo que se pida será concedido», y pensé que en su interior se veneraría a la bodhisattva Guanyin. Al entrar, vi que la estatua no se parecía a la Guanyin que suele venerarse en los templos. Pensé que, fuera cual fuera la bodhisattva, le haría una petición. Fue la primera vez en los innumerables templos que había visitado que supliqué con toda devoción y reverencia, sin un solo pensamiento de distracción en la mente, que la bodhisattva protegiera la salud de mis padres, y dediqué a mis padres el mérito de mi práctica. De repente, la estatua que tenía ante mí irradió un gran resplandor dorado. En el aire apareció la majestuosa imagen del venerable Kāśyapa, que dijo: «Cumpliré tu deseo». Y vi cómo mis padres aparecían también en el aire. El venerable roció sus cabezas con el agua de las ocho virtudes de la montaña, y luego la imagen desapareció. Fue entonces cuando comprendí de pronto que ya habíamos llegado a la Puerta de Huashou. En efecto, detrás del pequeño templo estaba la cueva donde el venerable Kāśyapa, conservando su forma en este mundo, permanece en samādhi. Me senté de nuevo en silencio ante la entrada de la cueva y, tras entrar en samādhi, vi junto a la puerta a un protector del Dharma apoyado en una gran espada, con una gran ave blanca posada en su hombro izquierdo. Esa ave era la mensajera del venerable Kāśyapa, que solía conducir a algunos seres con afinidad hasta ver al venerable Kāśyapa. La puerta de la cueva se abrió y el protector que estaba en la entrada me invitó a pasar. Al entrar, vi que la cueva era muy grande; un haz de luz caía en diagonal desde lo alto, y caminé unos diez pasos en dirección a la luz hasta ver al venerable Kāśyapa, que vestía una túnica gris y sostenía un rosario en la mano; era alto y permanecía allí de pie, sereno y despreocupado. Al verme caminar mirando a todas partes, se limitó a decir con serenidad: «Deja de mirar: en mi cueva no hay nada. Sal y sube; allí arriba hay una deliciosa comida vegetariana». También sonreí, me di la vuelta y me marché.
Al salir de la cueva descubrí que estaba realmente hambriento, y mis acompañantes también estaban muertos de hambre. Tras devorar una buena comida en un restaurante vegetariano, nos dispusimos a emprender el regreso. Al pasar por la Puerta de Huashou, sentí de pronto el impulso de saludar al venerable Kāśyapa. Vi al venerable Kāśyapa salir de la cueva como si se dispusiera a emprender un viaje lejano, así que me despedí de él, pero él solo me hizo un gesto con la mano, como diciendo «vete». Me sentí un poco agraviado. Pensé: hemos venido desde tan lejos a rendirte homenaje; al menos deberías decirnos algo, unas palabras a modo de enseñanza. Kāśyapa comprendió mi pensamiento y dijo: «¿Cuándo has venido, y cuándo te has ido?» Me quedé allí de pie viendo alejarse al venerable y no pude evitar conmoverme y reírme de mis propios hábitos y apegos. Siempre somos incapaces de vivir en la sencillez; siempre buscamos algo con una mente que se aferra, sin comprender que la sencillez es el verdadero sentido del Dao, que no hay ni venida ni partida. ¿De qué podía yo seguir añorando y preocupándome?
Aquí recuerdo que, cuando acababa de llegar a Cantón, fui primero al templo Nanhua a rendir homenaje al cuerpo verdadero del sexto patriarca. Me arrodillé con reverencia ante el cuerpo verdadero del sexto patriarca, me postré varias veces y me quedé mirando fijamente su imagen, queriendo ver cómo era el sexto patriarca. En ese momento, de pronto, los tres cuerpos incorruptos del salón principal se convirtieron en tres bodhisattvas. Me miraron y se sonrieron entre ellos, así que les dije: «Saludos a los tres bodhisattvas. Maestro, sexto patriarca, quiero preguntaros qué es en verdad el método esencial del budismo chan que transmitió el patriarca Bodhidharma». El sexto patriarca sonrió, y vi cómo de su corazón brotaba de pronto una luz blanca que al instante envolvió todo el salón principal. En el salón aparecieron innumerables fotones brillantes fluyendo, y entre los fotones había innumerables caracteres «corazón», grandes y pequeños. Me vi envuelto por un campo de fuerza poderoso y sentí que poco a poco desaparecía. Me convertí en una existencia: existía más allá de todo, y además sentía que fluía junto con los fotones, convirtiéndome en un flujo gozoso. Los fotones y los corazones giraban, y yo era purificado y lavado. No sé cuánto tiempo pasó hasta que salí de aquel estado; el salón principal ya había recuperado la calma. La imagen del cuerpo incorrupto del sexto patriarca estaba de nuevo sentada allí, erguida y serena; no había bodhisattvas ni corazones. Me levanté y, en el instante de salir del salón, sentí de pronto una nostalgia: quería volver la vista para ver una vez más el cuerpo verdadero del sexto patriarca, y además abrigaba una leve duda sobre el estado que acababa de experimentar. Pero en el momento en que me di la vuelta, vi al sexto patriarca de pie detrás de la imagen de su propio cuerpo incorrupto: de una patada derribó su cuerpo incorrupto de la mesa de ofrendas y, alargando la mano, arrancó la cinta roja que llevaba en la cabeza. Sentí que todo el salón principal temblaba y del techo caía una cantidad innumerable de polvo. Si mi mente se hubiera demorado un instante más, creo que el sexto patriarca habría derribado el salón entero. Me di la vuelta y, por fin, me marché sin dejar ningún apego.
Aquí concluye el relato de mi práctica espiritual. No he escrito las comprensiones que obtuve en este proceso ni lo que gané con él; solo he escrito con fidelidad lo que vi, lo que oí y algunas experiencias fisiológicas. Como la base de cada persona es distinta, también lo son los estados y las experiencias de la práctica espiritual. Además, cada persona es única, y no existe un método mejor ni una experiencia de práctica más espléndida que otra. Más de diez años de práctica espiritual solo me han hecho comprender cada vez mejor qué es la verdadera sencillez; por eso la mente frenética se aquietó de repente, y trabajo, vivo y estudio con los pies en la tierra, viviendo por completo en el presente y disfrutando con todo el ser de cada instante de la vida. Para mí, tanto con los ojos abiertos como cerrados, todo es estado; este «yo» que debe practicar y verificar, aquel fruto que se alcanza, y los cuatro dhyānas y las ocho concentraciones no son más que estados ilusorios. Si la mente no discrimina y sigue las circunstancias con libertad, solo entonces se llega a conocer de verdad el sentido de lo eterno. Espero que todos los compañeros que practican y verifican el Dharma no se apresuren a afirmar o negar nada, ni tomen a la ligera los resultados de la práctica de otros como su propia visión. Hay que elegir de verdad un método y verificarlo a fondo con el cuerpo y la mente. Es imprescindible probar uno mismo el sabor del Dharma para obtener un beneficio real. (Fin)